Conviene, por pudor, por dignidad, vigilar los tics viejunos que le asaltan a uno con la edad. Una joven pareja de vecinos acaba de lanzar un bebé a este mundo, y la otra mañana coincidí por el barrio con ese nuevo padre. Y le pregunté por la criatura. Grave, imperdonable error. Me narró el parto con epidural, el peso del humano en miniatura, sus eructos y, ya puestos, que lo de dormir del tirón se había acabado en su vida por aquello de los biberones reglamentarios. Asentí amable, sonriente, y luego le di la enhorabuena. Cuando alcancé la bendita soledad del ascensor, me dije algo así como: «¿Pero estás tonto o qué? ¿Qué haces preguntando si a ti ese bebé... Ver Más