Hasta donde alcanzo a releer, no hay alusión alguna de Penelope Fitzgerald (Reino Unido 1916-2000) a su paso por México durante 1952 en su volumen de cartas ('So I Have Thought of You', 2008). Sí hay un breve texto en su recopilación de ensayos surtidos ('A House of Air', 2003) titulado 'Following the Plot'; y en el que Fitzgerald evoca, sin demasiadas precisiones, su paso por ese país y la posibilidad de «seguir su trama» para una hipotética novela que nunca fue y jamás llegó; pero, aún así, explicando en detalle y a partir de esta omisión el modo en el que trabajaba los primeros tramos de sus historias. La gran biógrafa Hermione Lee, en cambio, sí hace escala allí, a lo largo de diez páginas, en su magnífica 'Penelope Fitzgerald: A Life' (2013). Y da cuenta de la situación un tanto inestable en la que esta gran novelista vivía por entonces y en la que siguió viviendo hasta su muy tardía pero formidable floración-consagración casi a sus sesenta años . Justicia casi milagrosa que le valió no sólo el codiciado premio Booker en 1979 sino, además, la rendida admiración de sus colegas (y detalle importante: todos tenían una novela favorita de Fitzgerald diferente) entre los que se contaban y siguen contando, a sus pies, Julian Barnes , junto a Alan Hollinghurst, A. S. Byatt, James Wood, Hilary Mantel, A. N. Wilson y Sebastian Faulks, quien definió a su obra con precisión y con mucha gracia así: «Leer una novela de Penelope Fitzgerald es como que te lleven de paseo en un auto muy peculiar . Todo en él es de la mejor calidad: el motor, la carrocería y el interior; todo te llena de confianza. Entonces, luego de dos o tres kilómetros, alguien arroja el volante por la ventanilla». Porque ya lo dije una vez: Fitzgerald es una escritora raramente normal o normalmente rara. De ahí que la posibilidad de una novela mexicana inspirada en la propia vida (la autora, además de producir biografías acerca de próceres familiares y del pintor prerrafaelita Edward Buje-Jones , ya había tocado más o menos de cerca lo autobiográfico con 'La escuela de Freddie', 'A la deriva', 'Voces humanas' y 'La librería'; sin por eso privarse del tomar distancia con un 'thriller' egipcio-museológico en 'El niño de oro', una intriga místico-académica 'irismurdochiana' en 'La puerta de los ángeles', un deshojar de los poemas de Novalis en 'La flor azul', una visita a una Florencia decadente en 'Inocencia' y otra a la Rusia prerrevolucionaria en 'El comienzo de la primavera') no fuese nada fuera de lugar o provocador de extrañeza alguna. Pero ha sido Jessica Francis Kane —nacida en California en 1975, fan confesa pero no conformándose aquí con la simple 'fan fiction'— quien hace posible tantos años después la misión que Fitzgerald no asumió. Y la maniobra no es nueva (ahí está ese fenómeno planetario que es la 'Hamnet' de Maggie O'Farrell ) y varias veces se ha recreado la figura de un escritor para volverlo parte de sus escritos. Pero Kane lo hace con un balance perfecto entre la gracia y la reverencia resultando en una trama inequívocamente 'fitzgeraldiana' con Fitzgerald. Así, ella con treinta y seis años y embarazada y un marido alcohólico y dos hijos y deudas por todas partes (incluyendo las de una naufragante revista literaria que fue la primera en publicar Salinger en Reino Unido) y, de pronto, la posibilidad de fuga hacia adelante con herencia de mina mexicana y dos ancianas irlandesas, Elena y Anita Delaney (también muy aficionadas al vaciado de espirituosas botellas), como inquietantes posibles benefactoras de Valpy (hijo de seis años de Fitzgerald), cazadores de fortunas con proyectos de museo de aves, sacerdote en busca de ofrendas, Día de Muertos y hasta un cameo del pintor Edward Hopper. Todos juntos —a lo largo y ancho de tres meses— en un caserón más embrujado que embrujado en Fonseca, inspirada en una Saltillo , que por entonces era una suerte de bohemio centro artístico para vagabundos internacionales. En su ensayo antes mencionado, Fitzgerald llega a rebautizar la ciudad (Fonseca deriva de pozo seco); pero también confiesa que la posible y muy personal trama —esa realidad que la biógrafa Lee define como una mezcla entre Joseph Conrad y Tennessee Williams — se le hacía demasiado compleja como para destilarla en una de sus breves pero siempre amplísimas y tan bien documentadas novelas. Con los años, Fitzgerald se refirió poco y nada a este muy movido episodio de su vida y concluyó todo el asunto, cerrando la puerta , con un «Mi historia... esta historia... me da la impresión de convertir la ficción en algo aún más ficticio... La realidad en este caso ha probado ser traicionera... Desafortunadas son las aventuras que nunca son narradas». En Fonseca y con 'Fonseca', Kane —aunque no sea Fitzgerald, nadie podría serlo; pero 'sí' haciendo que Fitzgerald sea Fitzgerald— enmienda ese infortunio y hace afortunados a sus lectores.