Los que fuimos niños del barrio de San Bernardo, en Sevilla, jugando en la puerta de la Fábrica de Artillería asomada a la calle Cofia como improvisada portería o subiéndonos en los árboles que rodeaban los restos de la almunia de La Buhaira o de la inconclusa basílica de Aníbal González, entendemos muy bien el verso 'naranja y munición / pavor en la arrabala' de Irene Infantes (Sevilla, 1989). Cáscaras de naranjas, mecheros, llamaradas y a correr al grito de madres voceando desde las casas de vecinos de las calles Santo Rey o Campamento. Nombres que recuerdan que aquí se instalaron las tropas de Fernando III durante la conquista de la ciudad. El proyecto de la artista hispalense se despliega, y más que ello, se imbrica unas veces y se camufla otras, en el Patio de Crisoles y la Nave de Fundición Menor, estableciendo un diálogo con el pasado de un solar que albergó, de manera sucesiva y contigua, feraz huerta de príncipes y reyes, arrabal extramuros musulmán y luego cristiano, campamento militar, muladar, matadero, escuela de toreros, taller de fundidores y fábrica artillera ilustrada y pragmática. Une la creadora dos elementos dispares, morfológicamente rotundos y esféricos ambos, la naranja y la bala. En torno a ellos propone un recorrido sentimental en base a un concepto instalativo flexible que se adapta a los pliegues de la arquitectura industrial que lo acoge. Sin cartelas ni etiquetas que condicionen al espectador, pero con investigación y narrativa histórica que le inciten a la reflexión. Bolas de hierro reales en proceso de oxidación y naranjas secas, a veces veladas por el moho, gaseosos textiles rematados de frutos y verduras, urdimbres confeccionadas con piel de naranja y retazos de lienzo, colocadas sobre el suelo, asomando desde la moldura de un pilar o ancladas a los desgastados paramentos mil veces pintados y ennegrecidos por el humo de la pólvora, conforman un jeroglífico atrayente y pleno de guiños simbólicos. Entre todas las piezas, destacan tres monumentales instalaciones realizadas exprofeso para ocupar lugares relevantes. Antes de la entrada, en un tramo abierto de acceso al patio, la creadora aprovecha el óculo de una bóveda para disponer un tragaluz cilíndrico y textil ('Garganta'), al albur de las corrientes de aire, que recoge el sol y alimenta la sombra del zaguán con reflejos cromáticos. Más allá, traspasado el Patio de Crisoles, la portada de acceso al espacio de exhibición se recubre de un tejido vaporoso, níveo, erizado de formas tubulares que recuerdan tanto los muchos cañones y culebrinas que aquí se fabricaron cuanto las canalizaciones de riego o bocas de fuentes que describía Al Awam en el capítulo tercero de su 'Libro de agricultura'. Irene Infantes maneja de modo certero materiales frágiles, cotidianos o fabricados por ella misma, que transforma en soporte connotativo de sensoriales instalaciones que permiten diálogos entre lo físico/espacial y lo metafísico/temporal; también entre lo artificial y lo natural. Y entre estos ámbitos conceptuales, una membrana translúcida separa, ya en sala, dos bóvedas vaídas, mientras de la clave del luquete de la segunda, se derraman dones del cielo como racimos de virginales frutos.