En la luna del coche, de camino al gimnasio, me golpeó una mancha deliciosa, un malva que cantaba: "¡mayo, mayo!". Y toda la avenida era, de pronto, un himno. Las llevaba esperando unas semanas. Y, de repente, allí, sin que las viera, llegaron como llega muchas veces la suerte, tan callando. Cuando olvidé la prisa, cuando la flor caída me