Una revolucionaria tirita genética ha logrado frenar las crisis convulsivas de niños y adolescentes con síndrome de Dravet, una forma infrecuente de epilepsia intratable, cuyos ataques pueden desencadenarse por infecciones, el calor ambiental o incluso estímulos visuales, como contemplar patrones geométricos: rayas, cuadros o rombos. El neurólogo español Antonio Gil-Nagel cuenta que uno de sus pacientes, un niño de cuatro años con 20 crisis epilépticas al mes, fue uno de los primeros en probar este tratamiento experimental, desarrollado por la bióloga uruguaya Isabel Aznárez y sus colegas de la empresa estadounidense Stoke Therapeutics. “La mejoría fue inmediata, desde la primera inyección. Si las cosas son como parecen, es impresionante”, opina Gil-Nagel, del Hospital Ruber Internacional, en Madrid.Seguir leyendo