Las Bolsas son estos días una ventana a la destrucción económica de la guerra. Cientos de miles de millones en valor volatilizados en horas, a la vista de todos, ante la perspectiva de un mundo con más inflación, menos crecimiento, y en definitiva, más incertidumbre. Pero hay otro impacto, más difícil de cuantificar, sin dígitos cambiando cada segundo, pero igualmente devastador: el de pequeñas, medianas y grandes empresas no cotizadas, el grueso de aquello que llaman tejido productivo, que ven acercarse una ola cuyas dimensiones todavía no aciertan a medir del todo. Seguir leyendo