Irán Unclassified

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Por Paolo Falconio – EnglishItalianoDesde una perspectiva geopolítica, el primer elemento que debe fijarse es metodológico: en las fases iniciales de un conflicto, el análisis debe permanecer en el terreno de la hipótesis. La guerra es el dominio de la incertidumbre, de la manipulación informativa y de la fragmentación de los datos. Toda evaluación estratégica debe situarse, por tanto, en un marco probabilístico, no asertivo.Si observamos el conflicto en un plano sistémico, el objetivo declarado de Estados Unidos e Israel puede reconducirse a una finalidad de regime change. No se trataría únicamente de neutralizar una amenaza militar, sino de alterar de manera estructural la arquitectura del poder iraní, rediseñando el equilibrio regional.– Esta hipótesis se fundamenta en tres vectores geopolíticos internos:– Fractura élite–sociedad: una parte significativa de la burguesía urbana y de la sociedad culta persa manifiesta desde hace tiempo una creciente insatisfacción con el actual orden teocrático.– Factor étnico-periférico: las áreas no persas (kurdos, baluchis, árabes del Juzestán y segmentos de la comunidad azerí) representan potenciales líneas de fractura centrífuga.Interferencia de actores terceros: en particular Turquía, potencia regional revisionista, que teme la emergencia de una entidad kurda autónoma pero que, al mismo tiempo, podría aprovechar eventuales dinámicas centrífugas iraníes para expandir su influencia, especialmente en el ámbito azerí-turcófono. Con un matiz obligatorio: Turquía no ve en absoluto con buenos ojos una enclave kurda y sabe perfectamente que, después de Irán, podría ser la siguiente.En este marco, la hipótesis de utilizar el componente kurdo como cuña terrestre en apoyo de una campaña aérea se inscribe en una lógica clásica de guerra híbrida: presión desde arriba (superioridad tecnológica) y desestabilización desde abajo (fragmentación territorial). No sería, por tanto, una operación improvisada, sino coherente con un marco estratégico multinivel.Sin embargo, la evolución del conflicto deja entrever un posible desplazamiento del objetivo estratégico.Junto al regime change (objetivo transformador), se perfila un objetivo más limitado: la neutralización temporal de la capacidad iraní. En esta perspectiva no se pretende refundar el sistema político, sino degradar masivamente las infraestructuras militares, industriales y logísticas, con el fin de desactivar durante un periodo de cinco a diez años la proyección de poder iraní.Se trataría de una estrategia de attrition warfare de alta intensidad: desgastar, destruir, retrasar. No construir un nuevo orden, sino congelar el existente.Esta opción, sin embargo, parece más una way out estratégica —una solución de contención— que un resultado definitivo. La destrucción material no elimina automáticamente la voluntad política ni la resiliencia sistémica de un Estado-civilización como Irán, dotado de profundidad histórica, cohesión identitaria y capacidad de adaptación asimétrica.Finalmente, emerge una tercera dimensión: la estrategia de la decapitación. El llamado “corte de la cabeza a la serpiente” —la eliminación sistemática de los vértices político-militares— apunta a producir: desarticulación de la cadena de mando, shock psicológico interno y deslegitimación simbólica del régimen.Es una estrategia de alto impacto mediático y rendimiento operativo a corto plazo. Sin embargo, en el plano geopolítico, su eficacia depende de la naturaleza del sistema atacado: en regímenes fuertemente institucionalizados e ideologizados, el liderazgo suele ser sustituible; más aún, la eliminación de los vértices puede reforzar la cohesión interna a través de la dinámica del martirio. Da la impresión de que alguien confundió a Jameneí con Maduro.En este punto deben hacerse dos consideraciones.– La primera: el recurso a la way out presupone el cese de las hostilidades en un plazo breve, es decir, en días. De lo contrario, este conflicto presenta un alto riesgo de empantanar a los contendientes.– La segunda —y esta es una opinión personal—: este ataque, que no presenta una ratio estratégica o táctica reconocible, o al menos inmediatamente reconocible, no parece contar con una base sólida para la consecución del objetivo estratégico. Lo que significa que podría fracasar y que detrás de él podrían estar los malos consejos de los neoconservadores.Volviendo al análisis, examinemos las criticidades.Partamos del último punto. Como he intentado explicar en los últimos dos meses, el sistema de poder iraní es complejo. No es el Irak de 2003. Es un sistema que desde hace tiempo está en manos del ejército y de los Pasdarán, que constituyen un Estado dentro del Estado. Poseen un componente militar, uno policial, pero sobre todo encarnan el sistema industrial y petrolero que sostiene la economía iraní.El clero, por tanto, sigue siendo importante, pero no detenta directamente las palancas del poder.Haber eliminado a Ali Jameneí no ha paralizado a Irán, como tampoco lo ha hecho la eliminación de otros vértices. Se deduce claramente de la respuesta iraní. Al contrario, se le ha concedido a un hombre de 86 años, enfermo terminal de cáncer, una muerte de mártir en un mundo donde el martirio posee un valor inmenso.Jameneí era una figura destacada, una guía espiritual para una parte significativa del mundo musulmán. ¿Era realmente necesario matarlo? El factor religioso, a nivel popular, conserva en esa región un peso considerable. Se habla de chiíes y suníes, ciertamente, pero siguen siendo hermanos musulmanes. Las fracturas confesionales existen, pero ante una agresión contra un gran país islámico y contra una de sus principales figuras espirituales, esas fracturas podrían atenuarse en la percepción colectiva. Bastaría recordar la génesis de Al Qaeda y reflexionar sobre cómo ciertas dinámicas nacen precisamente de conflictos que trascienden las fronteras nacionales y asumen una dimensión identitaria. Existe, por tanto, una transversalidad muy peligrosa para el escenario postconflicto.Observemos ahora el nuevo objetivo anunciado: la destrucción sistemática de toda capacidad iraní. Sin duda, Estados Unidos e Israel tienen la capacidad de reducir a Irán a un cúmulo de escombros. Sin embargo, convendría recordar que Irán es el tercer país del mundo en formación científica universitaria en sectores como la ingeniería y la física. Esto significa capital humano, resiliencia técnica y capacidad de reconstrucción. No se trata de una realidad atrasada y dependiente, sino de una sociedad con competencias extendidas y una estructura estatal sólida.Además, es difícil imaginar que China y Rusia permanezcan como espectadores pasivos. Podríamos asistir, al final de las operaciones, a una intervención económica y militar masiva, tanto para desgastar a Occidente como para consolidar un eje alternativo en el equilibrio global.En cuanto a la postura iraní, ni la eliminación de líderes ha paralizado la cadena de mando ni ha impedido la existencia de un vértice operativo capaz de planificar una estrategia.En primer lugar, las declaraciones de los líderes iraníes sobre una guerra larga y la lógica consecuente de ataques dosificados, orientados a maximizar el impacto mediático mientras se preserva la capacidad ofensiva.Particularmente significativa es la extensión inmediata a todos los Estados del Golfo como objetivos potenciales de misiles y drones. Es una señal clara: el conflicto deja de ser circunscrito y se vuelve sistémico. Las monarquías del Golfo no disponen de gran autonomía en términos de munición y defensa prolongada; además, responden a equilibrios internos delicados y a opiniones públicas que no son irrelevantes.Su implicación es especialmente relevante. Estas petro-monarquías tienen una necesidad casi desesperada de estabilidad para poder transitar desde economías basadas en hidrocarburos hacia la diversificación. Esto implica inversión extranjera. ¿Quién invertirá en un Oriente Medio en llamas? Todo ello con riesgo de fuertes tensiones internas.La cuestión se vuelve entonces simple en su dureza: o Estados Unidos extiende su protección militar de manera plena y continuada a toda el área, asumiendo costos y riesgos, o el mensaje iraní prevalece. Y el mensaje es claro: cuidado con a quién se alinean, incluso a la luz de los Acuerdos de Abraham, porque no está garantizado que puedan protegerlos realmente.En definitiva, la idea de neutralizar a Irán mediante la devastación corre el riesgo de producir el efecto contrario: ampliar el conflicto, radicalizar las posiciones regionales y fortalecer las alianzas antagonistas.Además, esta guerra está generando una crisis energética que va mucho más allá del estrecho de Ormuz. Catar ha cerrado una de sus principales instalaciones de licuefacción de gas. Se prevén aumentos significativos en los precios de la energía.Este conflicto parece basarse en el concepto de resiliencia. ¿Hasta qué punto Estados Unidos e Israel podrán mantener la presión, considerando también los límites de municionamiento? ¿Y hasta qué punto los iraníes se cohesionarán en torno a la bandera o se activarán revueltas en las minorías?Hablamos de un pueblo orgulloso, imperio desde hace tres mil años, con una filosofía del martirio (la Ashura) y que desde 1979 resiste toda forma de presión y estrangulamiento económico.Sería miope reducir todo esto a simple propaganda. Es una estructura cultural que produce un umbral de tolerancia al dolor colectivo muy alto y que se fusiona con el orgullo nacional de un pueblo que se percibe —no del todo sin razón— como heredero de una de las civilizaciones más antiguas del mundo.Todo ello hace que apostar por un colapso interno de Irán no sea imposible, pero sí bastante arriesgado.En Europa, mientras tanto, el conflicto ucraniano al este y un Oriente Medio en llamas tendrían consecuencias energéticas y económicas potencialmente catastróficas, y no somos precisamente conocidos por nuestra capacidad de sufrimiento.Si esta guerra se ha convertido en una guerra de desgaste, entonces la iniciativa se ha perdido, porque Teherán no es el principal enemigo de Estados Unidos ni su adversario más temible. Esta guerra podría tener un vencedor parcial: Israel, que podría obtener un distanciamiento entre Irán y los palestinos, aunque dicho vínculo ya estaba fuertemente comprometido. ¿Pero a qué precio? ¿El riesgo de que Irán se eleve como la nación islámica que ha rechazado al “Gran Satán” y se convierta en referencia regional?Surge entonces la pregunta: ¿cuál es la ratio estratégica y táctica de este ataque? La pregunta no encuentra respuesta clara entre los expertos.Todos los demás pierden. Y con ello quiero subrayar la naturaleza sistémica del conflicto: riesgo energético global, radicalización religiosa —incluidas nuevas olas de terrorismo—, fortalecimiento del eje antioccidental, erosión de la estabilidad europea. Especialmente en riesgo están los propios Estados Unidos, que podrían ver erosionada en los hechos la percepción de su rol hegemónico. Irán no es un actor de escala para EE.UU., y el costo en términos de arsenal podría resultar crítico en otros escenarios, especialmente el indopacífico.Conviene reiterar un concepto: la victoria estratégica sobre Irán solo se logra con un cambio de régimen o con su fragmentación. Por el contrario, para Irán y su régimen basta con sobrevivir para salir victorioso.Si queda una pregunta abierta es esta: ¿existe realmente, en las condiciones actuales, un camino realista hacia ese cambio de régimen? ¿O toda la operación se mueve dentro de una contradicción no resuelta entre ambición política y límites sistémicos?Pasar de la táctica a la estrategia significa recordar que en la guerra no basta con destruir: hay que saber qué se construye después. Y en este punto, por ahora, las respuestas parecen preocupantemente ausentes, algo que no ayuda el historial estadounidense de intervenciones previas en Oriente Medio.En la guerra, como enseñaba Clausewitz, la destrucción es el medio; el resultado político es el fin. Y ambos casi nunca coinciden de forma automática.