Una calma inquietante reina en el lugar donde una bala mató al palestino Farea Hamayel. Junto a uno de los olivos tras los que trató de esconderse, alguien ha rodeado con unas rocas algo más grandes las piedras sobre las que se derramó su sangre, como si quisiera preservar la memoria del aciago final que corrió este hombre de 57 años. Un reguero de manchas rojas recorre parte del sendero de tierra por el que sus vecinos trataron en vano de socorrerlo. Seguir leyendo