Los chimpancés coleccionan cristales, y eso podría resolver un misterio de 780.000 años

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Los cristales llevan décadas apareciendo en yacimientos prehistóricos junto a restos de antiguos homínidos, pero muchos de esos hallazgos no muestran un uso evidente. No eran herramientas, no eran armas y tampoco parece que funcionaran como adornos, puesto que las primeras joyas se crearon en torno a hace 130.000 años. Aun así, alguien los recogió y los transportó. Ahora, un nuevo estudio plantea que la explicación podría no estar en la utilidad, sino en la fascinación que provocan.La clave de por qué los humanos primitivos recolectaban cristales la pueden tener los chimpancés, con quienes estamos estrechamente relacionados. Un equipo de investigadores en España ha observado que estos animales muestran una atención especial hacia los cristales, muy superior a la que prestan a piedras corrientes. Esa reacción puede ayudar a entender por qué nuestros antepasados empezaron a guardar este tipo de objetos hace unos 780.000 años.Un experimento con nuestros parientes más cercanos reabre el enigmaEl trabajo, publicado en Frontiers in Psychology, parte de una idea sencilla. Si los cristales llamaron la atención de los homínidos mucho antes de que existiera un uso práctico claro para ellos, quizá lo hicieron por sus propiedades visuales. Para poner a prueba esa hipótesis, los científicos recurrieron a chimpancés, ya que son los animales con el ADN más similar al nuestro, tras el bonobo, que realmente es un tipo de chimpancé.Los experimentos se realizaron con nueve chimpancés de la Fundación Rainfer. En una de las pruebas, los investigadores colocaron un gran cristal de cuarzo sobre una plataforma y, a su lado, una roca normal de tamaño parecido. Al principio ambos objetos despertaron curiosidad, pero la atención de los animales se desplazó pronto hacia el cristal. Lo cogieron, lo giraron, lo inclinaron y lo inspeccionaron desde distintos ángulos, como si intentaran entender qué tenía de especial.Uno de los detalles más reveladores fue que el interés no se quedó en un vistazo rápido. Los chimpancés llegaron a llevarse el cristal a la zona donde descansaban, y los cuidadores tuvieron que intercambiarlo por comida para recuperarlo. Además, los autores observaron un comportamiento muy concreto: varios ejemplares levantaban los cristales hasta la altura de los ojos para mirar a través de ellos. Ese gesto apunta a que la transparencia no pasaba desapercibida.Yvan, chimpancé del grupo, con un cristal (Foto: García et al, 2026)Después llegó una segunda prueba. En ella, los animales tenían que localizar pequeños cristales mezclados entre cantos rodados corrientes. Los identificaron en segundos. No solo distinguieron cuarzos transparentes, sino también de otros cristales con formas distintas, como calcita o pirita. Eso llevó a los investigadores a concluir que había al menos dos rasgos atrayentes: la transparencia y la geometría.Esa conclusión encaja con una idea importante del estudio. En la naturaleza predominan las formas irregulares, curvas o ramificadas. Los cristales, en cambio, presentan caras planas, aristas definidas y simetrías poco frecuentes en otros objetos naturales. Para un cerebro acostumbrado a reconocer patrones del entorno, esa combinación de orden geométrico y transparencia puede resultar especialmente llamativa. Eso habría hecho de los cristales un objeto singular tanto para chimpancés como para antiguos homínidos.Lo interesante es que esta hipótesis desplaza la explicación desde el terreno práctico al cognitivo. En otras palabras, los primeros recolectores de cristales quizá no los guardaban porque sirvieran para algo inmediato, sino porque les parecían excepcionales. Sería una forma temprana de atención selectiva hacia objetos raros del entorno, algo que algunos arqueólogos vinculan con los orígenes del pensamiento simbólico.Eso sí, los propios investigadores reconocen que hay límites. La muestra es pequeña y los chimpancés estudiados no viven en estado salvaje, por lo que su experiencia con humanos puede influir en su conducta, ya que están relativamente acostumbrados a objetos que no se ven en la naturaleza. Por eso, el siguiente paso sería repetir pruebas parecidas con grandes simios en otros contextos y comprobar si esa atracción aparece de forma igual de clara. Aun así, el estudio puede aclarar un enigma de hace 780.000 años..image img { width: 100% !important; height: auto !important; }