Antes de que al pintor Lorenzo Aguirre lo sacaran de su celda para ajusticiarlo a garrote vil una mañana de octubre de 1942; antes de que el artista intentase calmar a su verdugo diciéndole “tranquilo, usted no es responsable: es su trabajo”; antes de que la maquinaria represora del franquismo asesinara en la cárcel madrileña de Porlier a este escenógrafo, cartelista, ilustrador, letrista, paisajista y caricaturista comprometido con la República que había escapado de España por la Guerra Civil y que luego regresó desde Francia por la ocupación nazi; antes de que su cuerpo cayese inerte al suelo y luego el régimen ordenase el borrado de su entrada en la Enciclopedia Espasa-Calpe para que nunca nadie volviese a oír el nombre de Lorenzo Victoriano Aguirre Sánchez, aquel hombre de 57 años condenado a muerte, acusado de auxilio a la rebelión, perseguido por comunista y masón... Antes de todo eso, aquel hombre calvo y de temperamento alegre se dispuso a despedirse de sus tres hijas en la frialdad de una celda. De su esposa, Paquita, ya lo había hecho por carta.Seguir leyendo