Entre el infierno y el paraíso

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La cámara de Oliver Laxe recorre en la última secuencia de 'Sirat' los vagones de un tren que cruza el desierto de Mauritania. Hay cientos de personas que viajan a la intemperie, soportando el polvo y las inclemencias del tiempo. Van a Nuadibú, una ciudad portuaria de 120.000 habitantes, en la frontera del Sahara Occidental. Dicen que es el tren más peligroso del mundo, pero nadie corre el riesgo de sufrir una agresión o de sentir amenazada su integridad física. El desafío de subirse a este ferrocarril consiste en soportar el frío y el calor extremo y las partículas del mineral de hierro que tiznan a los pasajeros durante las 20 horas del trayecto que enlaza Zouérat con Nuadibú. No es el tren más peligroso del mundo, pero sí el más largo. Tiene tres kilómetros desde la cabecera a la cola. Lleva alrededor de 200 vagones . El mineral se extrae de una mina a cielo abierto en Zouérat , un gigantesco agujero en una montaña donde operan 150 personas. La tierra tiene una concentración de hierro del 87%. Es triturada y cargada en una plataforma en el desierto sobre volquetes. Cada vagón lleva unas 100 toneladas, lo que supone que un convoy acarrea un peso de más de 20.000 toneladas, lo que requiere tres locomotoras. Viajar sobre los vagones de mineral está prohibido, pero nadie pone ninguna pega a quienes se aventuran a este trayecto infernal de 700 kilómetros . Son pequeños comerciantes, saharianos que huyen de su patria, gentes de pobreza extrema y aventureros atraídos por el desafío. Los trenes llevan un vagón de pasajeros, que cuesta 5 euros, pero la gran mayoría no se lo puede permitir. No es infrecuente que el tren salga con cinco o seis horas de retraso porque lo que determina la partida es la carga del ferrocarril. Suele haber averías, por lo que es imposible prever la llegada. Sólo hay una parada a mitad de camino: Choum. Pero ni siquiera es seguro que pare. A veces pasa de largo, ignorando a quienes llevan esperando toda una jornada. Hay algo único y emocionante en este viaje: la sinfonía de colores del paisaje. El cielo rojo del atardecer, la llanura ocre por la que circulan las vías, la noche y las estrellas. Es imposible encontrar un lugar mejor para observar la Vía Lactea. Y es imposible evitar la mezcla de asombro y sobrecogimiento cuando tras la gélida noche emerge una gigantesca bola de fuego del horizonte. Los pasajeros llevan cubierto el rostro y todo su cuerpo con ropa. Tienden plásticos para tumbarse y poder descansar. Algunos suben con mantas para resistir el frío. Resulta muy arriesgado mantenerse erguido por los fuertes vientos que asolan el desierto. Todos acaban tiznados por el mineral. El viaje sí es una prueba de resistencia física por el brutal cambio de temperaturas. Por el día, se superan los 40 grados. Por la noche, el termómetro cae a cero, con peligro de hipotermia. El polvo del mineral se mete en los pulmones. Y el viento puede empujar al vacío a quienes no se guarezcan en los huecos de la carga. Es importarte aprovisionarse de comida y de agua antes de iniciar el recorrido. La línea que sale de las montañas de Zouérat fue inaugurada en 1963 para exportar el mineral de hierro. La mitad de los ingresos del comercio exterior de Mauritania provienen de este yacimiento. China compra el 60% de la producción. El ferrocarril y la explotación pertenecen a la Societé Nationale Industrielle et Minière, creada tras la nacionalización del negocio. Una flota de taxis amarillos espera en la estación de Nuadibú, donde el mineral es descargado de los trenes a los barcos. Al día siguiente, el tren volverá vacío para iniciar el mismo trayecto.