El segundo entrenador del Sevilla, Francisco Javier Martínez, ayer al frente del equipo, era muy parecido a Víctor Font , de manera que cada vez que las cámaras lo mostraban daba una extraña sensación. Probablemente el señor Font habría tenido más éxito haciendo de segundo entrenador de cualquier equipo que insistiendo en convencer a unos socios que hace muchos años que le han demostrado que no le quieren. Cuando las cámaras enfocaban al candidato de verdad, estaba con cara de Valverde o mirando el móvil; en cambio a Laporta se le veía siempre sonriendo, hablando con los demás socios y tomándose fotos con ellos. Una vez finalizado el partido, tanto Flick como los jugadores fueron a votar junto a su presidente entre abrazos, carcajadas y vítores. Unas horas antes, Font había dicho que Lamine era un empleado del club manipulado por « el excuñado fascista de Laporta». No hacía falta para saber el resultado. Hay algo que es importante consignar y es que más allá de la deriva judicial que puedan tener algunas de las actuaciones de Laporta, y del reproche penal que merezcan si algún día llegan a investigarse en serio, las responsabilidades por así decir políticas de cuanto haya podido hacer desde que recuperó la presidencia quedaron extinguidas con la arrolladora victoria de ayer. De una manera muy mayoritaria los socios avalaron su gestión y sus manejos, que no se ha molestado en disimular. En estos años de su segunda presidencia el Barça ha malvendido su patrimonio y ha cerrado cada ejercicio con pérdidas, a veces disimuladas por una creatividad contable que han sido varias las auditoras que se han negado a firmar las cuentas tal como Laporta presentaba. En lo deportivo, el Barcelona está todavía en el resbaladizo terreno de la ilusión porque todos los éxitos han sido locales y la Champions -que es en lo que de verdad se sustancia la gloria y el valor de los mandatos- no ha llegado. Esta temporada el Barça tiene el cuadro más fácil que se recuerda en años, pero la realidad de su alcance europeo es que estuvo contra las cuerdas en Newcastle . No hay duda de que Laporta ha sabido crear un ambiente eufórico alrededor de su presidencia, y a pesar de que tiene sus detractores, y que es intenso el odio que lo profesan, en el recuento ha quedado claro que son pocos. Cuando ayer el Camp Nou vibraba con la victoria ante el Sevilla, se notaba que los presentes celebraban los goles y alguna cosa más. Esta «cosa más», intangible, vaporosa, pero que es determinante en el Barça, es la que Laporta ha sabido patrimonializar y su lema «Defensem el Barça» participa de esta épica aunque el supuesto enemigo sea imaginario. Quizá haya sido un exceso de los últimos 50 años tomarse el fútbol tan en serio, como si fuera política. Es lo que nos enseñó José María García. Quizá es absurdo pretender que los grandes clubes han de tener a presidentes virtuosos, con altura moral y capacidad profesional; de hecho son cualidades que hoy no tienen ni los dirigentes políticos, por lo menos en su mayoría. Pero aunque la democracia haya hablado y sea incuestionable el resultado, es difícil no preguntarse si una entidad como el Barcelona no podría inspirar el liderazgo de personas más cultas, presentables y preparadas. Entre el gran perdedor, con serias dificultades de expresión, de preparación estratégica de la campaña, y su nula inteligencia emocional, incapaz de empatizar con el votante al que se dirige; y el populismo sin escrúpulos de Joan Laporta, lo que proyecta el Barça como club deja mucho que desear. También es cierto que estos socios nunca han dado ningún indicio de ser mejores que sus representantes, y que se puede decir sin pecar de crueldad que tienen lo que merecen. La victoria del peor Laporta contra el peor de sus rivales es también una fotografía muy precisa de la deprimente decadencia de la sociedad catalana. Los desmanes procesistas han quedado atrás, pero el paisaje ha quedado desfigurado.