Justin Myers no buscaba el avión de Amelia Earhart. Una noche, después de ver un documental en National Geographic sobre la desaparición de la aviadora, abrió Google Earth por curiosidad y tecleó el nombre de la isla de Nikumaroro, un atolón remoto del Pacífico que lleva décadas en el centro de las teorías sobre el destino del Lockheed Electra 10E. Lo que encontró le provocó, en sus propias palabras, un escalofrío.Myers es piloto con casi un cuarto de siglo de experiencia en los mandos. No es arqueólogo ni cazador de tesoros, pero sabe leer un paisaje desde arriba y reconocer lo que parece artificial frente a lo que es natural. Al ampliar las imágenes por satélite del arrecife de Nikumaroro, detectó una forma rectangular alargada, de aspecto arenoso y más de 15 metros de largo, que no encajaba con la geología del lugar.Midió la forma con la herramienta de Google Earth: unos 12 metros, exactamente la envergadura del fuselaje de un Electra 10E. A la izquierda de esa mancha apareció un objeto oscuro, perfectamente recto, con unas dimensiones compatibles con una sección del fuselaje del avión que Earhart y su navegante Fred Noonan pilotaban cuando desaparecieron en julio de 1937 sobre el Pacífico central.Lo que vio y lo que midióEn los días siguientes, Myers amplió su búsqueda en las imágenes de satélite y encontró lo que a su ojo de piloto le parecía aún más revelador: una forma parcialmente expuesta compatible con un motor radial de la época, medio enterrado en el arrecife. Según publica Popular Mechanics, todas las mediciones que tomó con la herramienta de distancias de Google Earth coincidían con las dimensiones del Lockheed Electra 10E NR16020, el aparato matriculado a nombre de Earhart.Myers cree que hubo un factor de suerte en el hallazgo. El clima y las mareas habrían dejado al descubierto restos que llevaban décadas enterrados bajo la superficie del arrecife. Las imágenes de satélite que consultó capturaron esa ventana antes de que el oleaje volviera a cubrir la zona.Con sus imágenes y mediciones bajo el brazo, Myers escribió al NTSB estadounidense. Le respondieron que no era su jurisdicción y le derivaron a la oficina australiana de seguridad en el transporte aéreo. Presentó un informe oficial ante el equipo de investigación de accidentes de Brisbane. Después, contactó con una expedicionaria en California y con la Universidad de Purdue, que tiene su propio programa de búsqueda de Earhart. Ninguno ha respondido con una expedición.Un misterio con demasiados candidatosEl problema de Myers no es la falta de pruebas visuales, sino la saturación del campo. Si hubiera un dólar por cada persona que ha afirmado haber encontrado el avión de Amelia Earhart, habría dinero suficiente para financiar una expedición de búsqueda. Teorías basadas en fotografías antiguas, anomalías detectadas por sonar y promesas de tecnología punta se han sucedido durante décadas, convirtiendo el misterio de Earhart en un terreno de disputas feroces e incluso demandas judiciales entre los distintos grupos de búsqueda.El caso más sonado fue el de Tony Romeo, cuya empresa Deep Sea Vision anunció en 2024 haber captado con drones submarinos los contornos de un avión bimotor en el fondo del Pacífico. Romeo afirmó que sería difícil convencerle de que no era el Electra. Una segunda expedición demostró que era una formación rocosa corriente.Myers no pretende que se le crea sin verificación. Reconoce que lo que ha encontrado podría ser otro avión antiguo, no el de Earhart. Pero sostiene que las mediciones coinciden, que la ubicación encaja con las teorías sobre Nikumaroro y que, sea de quien sea ese aparato, merece que alguien vaya a mirarlo de cerca. El tiempo dirá si alguna expedición con fondos asume el riesgo de apostar por un piloto con Google Earth frente a las grandes operaciones con sonar y robots submarinos que hasta ahora tampoco han dado con Earhart.