La momia congelada de “Yuka” conservaba algo que la ciencia creía imposible: fragmentos de ARN funcional atrapados en músculos y piel durante casi 40 milenios. Esta molécula frágil, que normalmente se desintegra al morir un organismo, ha permitido reconstruir qué genes estaban activos en sus últimos momentos y abre la puerta a detectar virus prehistóricos y comprender mejor la biología de los mamuts.