Robots contra robots: Ucrania y Rusia protagonizan los primeros combates sin humanos

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En algún punto de la línea del frente ucraniana, un vehículo terrestre sin tripulante avanza hacia una posición enemiga. No lleva soldados dentro. Monta una ametralladora Kalashnikov y un lanzagranadas controlados a distancia por un operador que puede estar a varios kilómetros. Al otro lado, un sistema ruso similar intenta interceptarlo. Lo que ocurre a continuación es algo que los manuales de guerra no habían contemplado hasta ahora: máquinas peleando contra máquinas sin un solo ser humano en la zona de fuego.«Las guerras de robots ya están ocurriendo», afirmó el mayor Oleksandr Afanasiev, de la brigada K-2 del Ejército ucraniano, en una entrevista reciente con la BBC. No es una exageración retórica. La K-2 ha puesto en marcha el primer batallón de vehículos terrestres no tripulados (UGV) reconocido oficialmente en el mundo, una unidad completa dedicada a operar robots armados en primera línea de combate.Las cifras que maneja el Ministerio de Defensa ucraniano reflejan la magnitud del cambio. Solo en enero de 2026, los UGV ucranianos completaron más de 7.000 misiones entre tareas de combate, reconocimiento, evacuación de heridos y transporte de suministros a posiciones donde enviar a un conductor humano equivaldría a una sentencia de muerte.Una zona de muerte que se expandeLa razón por la que estos robots son cada vez más necesarios tiene nombre propio: la zona de muerte. Así llaman los militares ucranianos a la franja del frente donde cualquier movimiento humano o vehicular es detectado y atacado en cuestión de minutos por drones de observación, FPV kamikazes o artillería guiada. Esa franja se ha ensanchado desde los 20 kilómetros de profundidad que tenía al inicio de la guerra hasta los 50 kilómetros actuales, según estimaciones de analistas del Atlantic Council.En esa tierra de nadie mecanizada, los vehículos blindados convencionales se han convertido en blancos fáciles. Un tanque o un transporte de tropas que entra en la zona de muerte tiene una esperanza de vida operativa medida en horas. Los UGV, en cambio, son más pequeños, más baratos y prescindibles. Algunos modelos han demostrado ser capaces de operar de forma autónoma durante días en condiciones extremas. Si uno es destruido, el operador toma el control del siguiente.El fabricante ucraniano Tencore, principal proveedor de estas plataformas, produjo más de 2.000 unidades en 2025. Para 2026 proyecta alcanzar las 40.000, de las cuales entre el 10 y el 15 % irán armadas. El resto cumplirán funciones logísticas: transporte de munición, evacuación y tendido de líneas de comunicación.Humanos al mando, por ahoraUn detalle que los responsables militares ucranianos subrayan con insistencia: cada decisión de disparo la toma un operador humano. Los robots pueden moverse de forma semiautónoma, sortear obstáculos y detectar objetivos mediante sensores, pero el dedo en el gatillo sigue siendo de carne y hueso. No es una limitación técnica; es una decisión deliberada basada en el derecho internacional humanitario y en la propia experiencia de combate.Rusia, por su parte, ha desplegado sus propios sistemas terrestres no tripulados, aunque con un enfoque diferente. Los vehículos robóticos rusos funcionan sobre todo en tareas auxiliares —desminado, vigilancia de perímetro, transporte de carga— y su eficacia operativa se ve limitada por la inestabilidad de los canales de control y su vulnerabilidad a la guerra electrónica y los drones FPV ucranianos.Aliados tecnológicos y el robot que aún se caeEstados Unidos ha comenzado a enviar sus propios prototipos al frente ucraniano. Los robots humanoides Phantom MK-1, fabricados por la empresa estadounidense Phantom Robotics, llegaron a Ucrania a mediados de marzo. Miden 1,75 metros, pesan 80 kilogramos y se mueven con 20 motores coordinados. Pero su rendimiento real dista mucho de la promesa comercial: los propios ingenieros reconocen que las unidades actuales tienen problemas de equilibrio y se caen con frecuencia en terreno irregular.Más allá de las anécdotas, lo que Ucrania está construyendo es un laboratorio de guerra robótica a escala real, con una filosofía opuesta a la de los drones de gama alta que fabrican las potencias occidentales. Los datos de combate que acumula la brigada K-2 —qué configuraciones funcionan, cuáles fallan, cuánto dura un UGV en zona hostil— tienen un valor incalculable para cualquier ejército del mundo.La pregunta que flota sobre este campo de batalla sin soldados es cuánto tardará en caer la última barrera: la del disparo autónomo. Por ahora, Ucrania mantiene a un humano en el bucle de decisión. Pero la presión del combate, la velocidad de reacción que exigen los enfrentamientos entre máquinas y la pura aritmética de la guerra —más robots que operadores disponibles— empujan en la dirección contraria.