Mediados de abril es la fecha límite. Si para entonces Airbus y Dassault Aviation no han cerrado un acuerdo sobre el reparto de trabajo del New Generation Fighter (NGF), el elemento central del FCAS (Future Combat Air System), Alemania dará por agotada la vía de la negociación. Un alto cargo alemán lo ha expresado sin ambigüedades: las decisiones presupuestarias federales no pueden esperar más.El FCAS nació en 2017 como la apuesta más ambiciosa de la defensa europea. Francia, Alemania y España —con Bélgica incorporada después— se comprometieron a desarrollar un sistema de combate aéreo de sexta generación que reemplazase a los Eurofighter y los Rafale a partir de 2040. Nueve años después, el programa no ha producido ni un prototipo volante y las negociaciones de la fase 2 están paralizadas.La fractura entre los dos contratistas principales lleva años pudriéndose. Dassault, respaldada por París, reclama el liderazgo del diseño del avión. Airbus, con Berlín detrás, exige una distribución equitativa que refleje la inversión alemana. Ninguna de las dos partes ha cedido lo suficiente para desbloquear las conversaciones.Un divorcio anunciado a cámara lentaEl canciller alemán Friedrich Merz ha cuestionado sin rodeos si las exigencias francesas —que el avión sea compatible con portaaviones y con la disuasión nuclear gala— se ajustan a lo que Alemania necesita. Son requisitos técnicos que encarecen el diseño y que solo benefician a Francia, cuya doctrina militar depende del arma nuclear y de la proyección naval desde el Charles de Gaulle. Alemania no opera portaaviones ni mantiene un arsenal atómico propio.Según ha publicado Breaking Defense, Airbus ha llegado a proponer un modelo de dos aviones: uno desarrollado por Alemania, España y los socios que quieran sumarse, y otro diseñado por Francia en solitario. El CEO de Dassault, Éric Trappier, rechazó la idea de plano y declaró que el proyecto «estaría muerto» si Airbus mantiene esa postura. Trappier añadió que, llegado el caso, Dassault buscaría otros socios industriales.Emmanuel Macron, por su parte, ha asegurado que Francia trabaja para que las dos empresas «lleguen a un acuerdo». Pero las palabras del presidente francés suenan a diplomacia de salón cuando el propio jefe de Dassault amenaza con irse. La mediación política no ha producido hasta ahora ningún resultado concreto.Madrid observa sin mover fichaMadrid ha sido el socio más discreto desde el inicio del programa. España aporta inversión —más de 1.000 millones de euros comprometidos solo entre octubre y noviembre de 2025— y participa a través de Indra y Airbus España en subsistemas como los sensores y la nube de combate. Pero en la disputa de fondo entre París y Berlín, el Gobierno español ha evitado tomar partido.Esa neutralidad tiene un precio. Si el FCAS colapsa, España se quedaría sin caza de siguiente generación propio y dependería de comprar material extranjero —probablemente estadounidense— para reemplazar sus Eurofighter cuando lleguen al final de su vida útil. El plan B no existe, al menos no sobre el papel.El demostrador tecnológico que debía volar a finales de 2026 parece ya inalcanzable con el calendario actual. Mientras tanto, el programa rival —el GCAP británico-italo-japonés— avanza con menos ruido pero con un reparto industrial ya cerrado y una fecha objetivo de 2035.Lo que está en juego supera al aviónEl FCAS no es solo un caza. El sistema incluye enjambres de drones autónomos, armas de nueva generación, una red de sensores integrados y una «nube de combate» que conectaría todos los elementos en tiempo real. Si el NGF cae, arrastra consigo buena parte de esa arquitectura tecnológica. Europa perdería la capacidad de competir con Estados Unidos y China en el dominio del combate aéreo del futuro.Berlín parece dispuesta a forzar la situación. París, a no ceder. Y Madrid, a esperar que otros resuelvan un problema que también es suyo. La cuenta atrás termina en abril, y el mayor proyecto militar europeo podría estrellarse antes de despegar.