Hace unos meses se vivió en la Redacción de EL PAÍS una situación curiosa. Algunas de las gentes más jóvenes desconocían a ese actor rubio que acababa de morir: un tal Robert Redford. Lejos de llevarnos las manos a la cabeza, en la sección de Cultura nos dio por indagar en el fenómeno de una generación que no conoce a quienes para la generación anterior eran auténticos tótems, y salió un buen reportaje en el que incluso varios estudiantes de cine aseguraban no tener idea de quién era ese tipo de flequillo impertinente y mandíbula cuadrada.Seguir leyendo