La teoría de juegos es una visión de la academia que está impregnando los análisis en torno a la geopolítica. Se trata de un análisis pragmático de costo/beneficio que tiene en cuenta la posibilidad de ver el mundo como un tablero de fuerzas contrapuestas que echan a andar estrategias a corto, mediano y largo plazo. En términos de conflicto, las grandes potencias han usado escenarios terciarios para evitar la escalada definitiva y ese es un comportamiento que se puede observar a lo largo de la historia. Concretamente la guerra fría fue una confrontación de posiciones en la cual ambos bandos se hacían el mayor daño posible, sin que hubiera un choque directo. Hoy eso de alguna manera está volviendo y se puede decir que la lucha es entre el mundo unipolar liberal anglosajón y el mundo multipolar de las potencias orientales emergentes. El choque es total, concierne a la política y la economía, pero también a la cultura, la civilización y las visiones cósmicas.El conflicto en Irán ha acaparado los titulares, se trata de una guerra que posee los ingredientes de un choque mayor. Teherán cuenta con armas altamente desarrolladas, además ha llevado adelante una preparación desde al menos el 2003 en torno a este escenario. Por entonces, la invasión a Irak presagiaba que la guerra se iba a extender por el Medio Oriente. La geopolítica frenó de manera momentánea aquello y empantanó a Estados Unidos. Hoy se puede decir que la violencia desatada obedece a análisis llevados adelante por asesores que juegan una estrategia fundada en la teoría de juegos. Crear caos, generar confusión para luego imponer orden desde las reglas del más fuerte, darle a entender al enemigo que no posee buenas cartas de póker y luego irle con una sorpresa, un golpe demoledor. No obstante, Trump ha evaluado de manera precipitada el escenario. Para él y el Pentágono Irán debería caer de inmediato, las fuerzas de Teherán descabezadas no tendrían como reponerse y se agotarían. La teoría de juegos es algo que funciona cuando se media con intereses e instintos de supervivencia, pero eso no lo es todo. En geopolítica los análisis deben ser integrales.Lo cultural es parte de cualquier variable seria que se tenga en cuenta con respecto a Irán. En este sentido, hay que ir al relato que subyace a la élite de poder iraní. El Islam posee dos vertientes claras. La mayoritaria, el sunismo, es más descentralizada, se basa en poderes autónomos y ulemas (maestros) que siguen las enseñanzas originales de la religión. La vertiente minoritaria, el chiismo, se deriva de la crisis de poder que se dio tras la muerte del profeta Mahoma. Alí, su yerno, esposo de Fátima, reclamó para sí y su descendencia el papel del liderazgo por vía sanguínea. Sin embargo, los califas omeyas desconocieron esa lógica y establecieron una forma de poder no vinculada al tronco familiar. Ello dio paso a la batalla de Karbala, donde los musulmanes rebeldes y reivindicadores de la estirpe del profeta fueron masacrados, evento que se conoce desde entonces como el martirologio que dio paso al surgimiento del chiismo. Irán es el único país donde esta última versión del Islam es mayoritaria y por ende el sacrificio y la espera de un líder (el Mahdi) forman parte de su visión teocrática y cosmogónica de la política. Todo eso está pesando en esta guerra y determina la desconexión que existe entre la lógica de Occidente y la de Teherán. Mientras que para Estados Unidos es una lucha por el petróleo y los intereses de un grupo de empresarios y financieros, para Irán es una guerra santa cuyo final solo puede ser la victoria espiritual. Pero hay otras cuestiones de antaño que pesan sobre esto. Para el Occidente cristiano, el Islam siempre fue el otro cultural. Esa alteridad se basa en la incomprensión de un mundo civilizado diferente, con otra versión de la historia sagrada. Europa fundó y alimentó por siglos y así quedó consignado en el imaginario, que el Imperio Otomano y los califas eran lo incivilizado, el peligro. Esa marca en el subconsciente aún se observa en la manera en que se maneja esta guerra desde lo mediático. Desde el prejuicio, el miedo, el desconocimiento y el interés económico.La teoría de juegos entra también desde el lado de Irán. Teherán atacó países del Golfo Pérsico que formaban un rosario de alianzas con Estados Unidos, concretamente los misiles fueron hacia las bases norteamericanas en la región, pero constituyeron una advertencia a esos gobiernos acerca de que lado iban a estar. El Estrecho de Ormuz fue cerrado y las pérdidas en términos de petrodólares ya se hacen sentir en las conmociones del precio del combustible y en la inseguridad financiera. Quizás también los iraníes han logrado a su manera hackear el sistema occidental y lo están usando. Las potencias emergentes, entretanto, observan desde su posición, ofrecen apoyo diplomático y de inteligencia y en cierta medida sirven como mecanismos de disuasión y contención ante una escalada. En todo caso, el mundo no es el mismo que el del año 2002, y los líderes iraníes lo saben y han aprovechado eso a su favor.Estados Unidos ha analizado, desde su posición externa, que Irán es un mosaico de identidades. Las diferencias con respecto a la minoría sunita iraní se están reavivando, también se azuza el tema de los kurdos y de otros grupos étnicos. Pero ante esa fragmentación que desde siempre es parte del trabajo de erosión cultural de inteligencia, los iraníes han construido un arma mayor. Ellos son Persia, o sea una entidad heredera de un imperio multicultural cuya grandeza en el pasado hizo estremecer al mundo. Esa estirpe de superpotencia es en parte la narrativa esgrimida por la resistencia de Teherán y mantiene cohesionada a las identidades dispares. Lo cierto es que mientras el teatro de operaciones sigue activo, la economía global se estremece. El alza de los precios del crudo puede funcionar para los iraníes como un arma, una especie de botón para el chantaje hacia Occidente. A la vez, el control de qué barcos pasan o no el estrecho funciona como un mecanismo preferencial hacia las potencias emergentes. De manera que si a Estados Unidos no le sale bien esta operación y se tienen que retirar del golfo, los grandes ganadores son Rusia y China y no habrán disparado un proyectil. Ese es el tipo de estrategia Jiujitsu propias de la filosofía oriental de Beijing. Usar la fuerza del agresor a manera de proyección en su contra.En todo caso, la guerra no va a arrasar a Irán a menos que entren o que le lancen armas de destrucción masiva y ese escenario parece improbable. ¿Está dispuesto Estados Unidos a que le causen un sinnúmero de bajas que pueden ir directamente a la cuenta del Partido Republicano y las elecciones de noviembre?, ¿tendrán la osadía de cruzar la línea roja de la disuasión global e iniciar un conteo hacia una tercera guerra de carácter abarcador entre grandes potencias? Si un presidente ha colocado al mundo ante el borde de tales escenarios es Trump, aún así, las consecuencias de que eso ocurra son una sumatoria cero y recordemos que las élites occidentales se quieren autopreservar y acrecentar su poder, no disolverse de forma nuclear.Lo peor en este juego de posiciones está por verse. Irán no va a detener su retaliación contra Israel, al menos eso es lo que ha dicho. Ello en términos de confrontación tiene lógica dado el abuso sobre la población de Palestina. Ahora hay un precio en sangre que pagar. Y recordemos la muerte del Ayatolá Jamenei, algo que hizo que Teherán izara la bandera de la venganza. Allí, tanto las implicaciones culturales como religiosas y geopolíticas se mezclan y crean el caldo de cultivo de un escenario que no da muestras de querer enfriarse.