El ambiente del Eebee’s, taberna de moda en Washington, no parecía el jueves por la noche, con su lista de espera de tres horas para una mesa, propio de una ciudad en guerra. Puede ser, obviamente, porque las bombas estén cayendo a 10.000 kilómetros de distancia. O porque Donald Trump haya logrado sumir a la ciudad en un narcótico estupor a base de someterla a su doctrina del shock diaria. O tal vez se deba a que, pese a sus promesas de no hacerlo, su presidente haya vuelto a embarcar a Estados Unidos en una aventura bélica incierta sin esforzarse en conquistar a la opinión pública, ni contar con el Congreso para declarar la guerra. Seguir leyendo