¿Es la República Islámica una teocracia mesiánica o una dictadura frágil? No es ninguna de las dos cosas, como están descubriendo quienes la atacanAnálisis - Una guerra por elección: el verdadero motivo por el que EEUU e Israel han atacado Irán Cuando Israel y Estados Unidos comenzaron el 28 de febrero su ataque coordinado contra Irán, la campaña militar se estructuró como una guerra aérea de manual: destruir las defensas, minar la capacidad de represalia y decapitar al liderazgo. Las ya maltrechas defensas aéreas de Irán, tras la guerra del verano de 2025, fueron desmanteladas incluso más para asegurar un espacio aéreo sin oposición. Con el objetivo de debilitar la capacidad de respuesta de Irán, golpearon contra las fábricas de misiles, las de drones y los recursos navales. Con una cadencia constante, los ataques de precisión han ido eliminando a los altos mandos en un intento de complicar la toma de decisiones de Teherán. Desde una perspectiva puramente operativa, las ventajas son evidentes. Una vez que se abren los cielos, la guerra se vuelve más barata, con municiones abundantes y relativamente económicas reemplazando a los sistemas de largo alcance que suele requerir la defensa del espacio aéreo. Lo de decapitar al régimen tiene que ver con un objetivo militar clásico: introducirse en el circuito de decisiones del enemigo. Según esta línea de pensamiento, si los líderes con experiencia son “eliminados” de manera sistemática, el sistema se ve consumido por las sucesiones, las sospechas y la coordinación interna. La calidad de las decisiones se resiente, el tiempo de respuesta se alarga y la coherencia se resquebraja. La turbulencia en la cúpula se convierte en un arma en sí misma. Pero dominar las tácticas no significa tener claridad en la estrategia. Y en esta campaña militar el riesgo más profundo radica en las suposiciones que la sostienen: las referidas a cómo se comporta Irán bajo presión y a qué produce dicha presión. Confrontación y negociación Durante décadas, la política estadounidense lleva décadas oscilando entre dos imágenes de Irán que son una caricatura: la teocracia mesiánica capaz de asumir todos los costes y la frágil dictadura a un paso del derrumbe. Pero la realidad del Gobierno iraní siempre ha sido menos teatral y más duradera. La ideología es fundamental para la autopercepción de Irán, sí, pero nunca ha funcionado de manera independiente al instinto de supervivencia del régimen. Bajo el ayatolá Alí Jamenei, Teherán demostró una y otra vez que la postura revolucionaria podía coexistir con el pragmatismo. El acuerdo nuclear de 2015 fue la demostración más clara. Cuando la presión de las sanciones atentaba contra la estabilidad económica y, por extensión, contra la continuidad política, Jamenei no tenía problemas en referirse públicamente a Estados Unidos como el “Gran Satán”, mientras en privado autorizaba negociaciones directas. Aquello no era una conversión ideológica del régimen. Era un cálculo estratégico. Miles de fieles rezan en la mezquita Mosala en rememoración al difunto líder supremo de Irán Alí Jameneí. Teherán mantuvo los canales de comunicación parcialmente abiertos incluso después de que Washington se retirara del acuerdo nuclear y de que Tel Aviv intensificara su campaña encubierta de operaciones cibernéticas, asesinatos encubiertos y sabotajes contra activos iraníes. Desde la perspectiva iraní, confrontar y negociar no eran opciones excluyentes sino paralelas, aplicadas con una lógica fría y siempre ligada a la preservación del régimen. Esta historia es importante porque atenta contra una premisa fundamental que ahora circula por varios círculos políticos: la de que una presión militar suficiente provocará la rendición, fragmentación o desmoronamiento del sistema iraní de forma previsible. Tal vez sea eso lo que termine ocurriendo, pero no es algo predeterminado. La estrategia de Irán Una definición más limitada de victoria para el régimen iraní, y más fiable también, es sencillamente sobrevivir. La guerra de 12 días del año pasado infligió graves daños a las capacidades iraníes, pero Teherán calificó el resultado como un éxito porque resistieron. En Isfahán, un famoso fresco de la batalla de Chaldiran (librada entre el imperio turco-otomano y el persa-safávida en el siglo XVI) lo ilustra. En la pintura, los persas aparecen triunfantes tras haber derrotado a su adversario turco. Lo cierto es que los registros históricos dicen lo contrario: Chaldiran fue una victoria decisiva de los otomanos. Pero el fresco no es tanto un intento de borrar la derrota como una forma de replantearla. Chaldiran no es para Irán una historia de pérdida sino una oda a la heroica resistencia contra un enemigo superior en número y armamento. La derrota puede reformularse como una prueba de valor, y la resistencia se puede vender como un triunfo. El conflicto es así una contienda entre líneas temporales opuestas. Irán apuesta por la resistencia, mientras que Israel y Estados Unidos apuestan por la fuerza abrumadora Incapaz de igualar el poderío militar de Israel y de Estados Unidos, la estrategia de Irán es prolongar el conflicto en el tiempo y en el espacio. Sus drones y misiles han atacado Israel y bases estadounidenses e infraestructuras comerciales en todo el Golfo. Por lo general, los ataques son limitados, un puñado de drones en vez de una oleada, pero lo que se busca es la acumulación. Teherán no solo quiere causar daños, sino provocar fricción: obligar a su adversario a defender múltiples frentes, poner a prueba la resistencia política en la región y aumentar gradualmente el coste económico y psicológico de no cambiar de rumbo. El ritmo mesurado también sugiere otro cálculo: los planificadores iraníes saben que sus instalaciones de fabricación drones y misiles son objetivos prioritarios y podrían no sobrevivir a un bombardeo prolongado. De ahí que sea imperativo evitar un consumo espectacular pero agotador del arsenal. Preservar la capacidad residual. Dosificar la lucha. Mantener en la reserva opciones para escalar. En una guerra larga, la moderación es una forma de preparar la próxima fase. El conflicto es así una contienda entre líneas temporales opuestas. Irán apuesta por la resistencia, mientras que Israel y Estados Unidos apuestan por la fuerza abrumadora. Una oleada de ataques aéreos que termine con las capacidades de Irán antes de que se afiancen el desgaste por la guerra, los temores de los mercados y las repercusiones regionales. ¿Y qué pasa si la campaña logra realmente debilitar al régimen? Es posible que el resultado político no sea el que algunos parecen esperar. La idea de que los ataques sostenidos provocarán un levantamiento interno, o fracturarán al Estado, es síntoma de una pobre apreciación del sistema y su resistencia, así como de la sociedad que vive incómodamente debajo de ese sistema. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica no es solo una institución militar. Es un imperio económico, un actor político y un pilar ideológico. Atacar a su cuartel general y a sus órganos de seguridad puede complicarles la represión, y hasta podría abrir oportunidades de protestas futuras. Pero provocar el cambio desmantelando una institución tan arraigada en la arquitectura estatal solo con ataques aéreos rara vez ha tenido éxito. Exportar el desorden El panorama interno de Irán tampoco tiene líneas tan claramente divisibles como a veces las imaginan los analistas externos. Aunque las minorías étnicas han sufrido agravios reales, la mayoría desconfía de los escenarios que conducen a la fragmentación nacional. Incluso muchos iraníes que se oponen al régimen y deseaban una intervención militar extranjera para derrocarlo rechazan la posibilidad del derrumbe total del Estado por temor al caos que puede seguir. Una cosa es querer que cambie el sistema y otra muy diferente desear que se rompa el país. Un temor que crece con las informaciones de que los militantes kurdos en las fronteras occidentales, respaldados por Israel y EEUU, se preparan para un ataque por tierra contra el Gobierno central. Las implicaciones para la región de un Estado iraní que comienza a fallar serían profundas. La inestabilidad podría extenderse al ya frágil orden político de Irak y agudizar las tensiones con Turquía, que considera una amenaza existencial las autonomías kurdas en cualquier parte de la región. Una estrategia basada en el desmoronamiento de Irán corre el riesgo de exportar el desorden a una zona que de eso ya tiene demasiado. Daños provocados por los ataques de EE.UU. e Israel a Teherán. Pero por muy importante que sea el fresco de Isfahán para comprender la mentalidad iraní, o la capacidad de adaptación y supervivencia de un régimen que en la guerra con Irak de los 80 absorbió casi medio millón de víctimas, o billones de dólares en daños por los muchos años de sufrimiento económico derivado de las sanciones, también es fundamental comprender que el asedio a sus líderes los hace propensos a errores de cálculo. Irán podría quedarse sin municiones, o sin capacidad para acceder a su potencia de fuego, antes que Israel y Estados Unidos. A diferencia de Ucrania, no tiene apoyos externos para un reabastecimiento continuo. Su política de arrasar al resto de la región podría llevar a sus vecinos de la defensa al ataque, quemando puentes para años venideros. Y el régimen iraní, ampliamente detestado, ha llevado a la economía y al medio ambiente nacional al borde del colapso. No está claro si esta guerra quebrará a Irán, pero es una posibilidad. Tanto si ocurre como si no, Teherán, sus vecinos, y hasta sus agresores, saldrán perdiendo. Ali Vaez es director del proyecto Irán y asesor principal del presidente en el International Crisis Group. Traducción de Francisco de Zárate.