Hay muchísimos genios en el mundo de la tecnología, eso es indudable. Ahora bien, muy pocos consiguen colarse de lleno en nuestra forma de vivir. Steve Jobs fue uno de ellos. No me refiero solo a cómo le dio la vuelta a la industria de los ordenadores, la música o los móviles con el lanzamiento del primer iPhone. Me refiero a su forma de pensar. Y si hay un momento en el que de verdad nos hizo "clic", fue en aquel famosísimo discurso que dio en la Universidad de Stanford, allá por 2005.Fíjate en el contexto: tienes frente a ti a la élite del talento joven a punto de comerse el mundo. ¿De qué les hablas? Cualquiera en su lugar habría soltado un discurso sobre cuotas de mercado, el futuro del software o cómo triunfar en los negocios. Él no. Jobs se subió al atril y decidió contar tres historias muy personales. Habló de fracasos, como cuando le echaron de su propia empresa, de conectar los puntos mirando hacia el pasado y, lo más duro, de la muerte. La gran lección de vida Steve Jobs regaló a una nueva generación En el discurso que acabo de mencionar, soltó la frase que todavía hoy resuena en las cabezas de medio mundo: "Ten el coraje de seguir a tu corazón y a tu intuición". Así de simple. Él mismo decía que, en el fondo, nuestro yo interior sabe en qué queremos convertirnos, y que el ruido de los demás no importa demasiado. Ahora bien, si te paras a pensarlo un segundo. Alguien obsesionado con el milímetro, el diseño industrial y la perfección técnica... ¿hablando de algo tan abstracto como el corazón y la intuición? ¿Por qué?Steve Jobs sabía mejor que nadie que seguir el camino marcado nunca te lleva a inventar nada nuevo. Si él hubiera hecho caso a los estudios, no habría levantado NeXT de la nada, ni habría metido su dinero en un pequeño estudio de animación como Pixar. Para él, la intuición no era un calentón emocional. Era, literalmente, la capacidad de ver el futuro antes de que existiera y la valentía de apostarlo todo cuando los expertos te decían que estabas loco.Hoy, con la inteligencia artificial, métricas y Big Data, todo se mide y se calcula. Y justo por eso, esta vieja lección tiene más sentido que nunca. Las máquinas son increíbles optimizando procesos y calculando probabilidades, sí. Pero dar ese salto hacia algo realmente único necesita un toque de magia. Requiere rebeldía. Al final del día, por mucho algoritmo que inventemos, hacerle caso a nuestra intuición es, quizás, lo más importante para marcar la diferencia.