La madre de Toqui y sus pasiones

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Puede que el magnetismo del caserón amarillo del reparto cienfueguero de Punta Gorda radique en la placa de la entrada que lo reconoce como antigua residencia del poeta mambí Eduardo Benet, en el poni que corre libremente por su jardín exuberante, o en la estatua de un metro de altura que inmortaliza la infancia de múltiples generaciones.Estos detalles robarán la mirada del transeúnte, pero la verdadera alma de ese paraíso terrenal es la mujer que lo soñó y sostiene, la mente detrás del personaje amado por varios niños latinoamericanos.Si el curioso tiene la oportunidad de cruzar la reja blanca y conocer a la señora de energía inagotable, descubrirá la multifacética vida de Ana María Salas, la madre de Toqui.Primeras travesuras de un niño guerrero“Hacer teatro en Ecuador era morirse de hambre”, afirma al rememorar su estancia en el país que vio nacer al muñequito rubio y al que arribó por amor.“El padre de mis hijos era de los médicos que vinieron a Cuba como apoyo profesional en los inicios de la Revolución. Yo me fui con él cuando mi exsuegro, rector de la universidad que dirigía toda la resistencia a la dictadura ecuatoriana de esa época, le pidió regresar a ayudar”.Ante la imposibilidad de renunciar al arte, la joven fundadora de compañías cubanas como La Edad de Oro decidió experimentar con un formato más económico: un grupo de títeres.“Un día me comentaron de un concurso en el que estaban buscando un personaje para un programa de televisión que iban a hacer por la apertura del primer gran centro comercial de Quito. No dormí en toda la noche dibujando la carita inspirada en los pequeños pobres que veía en las calles”.La cabecita de plastilina que Ana María cargaba al ganar la convocatoria representa el primer esbozo de Toqui, fusión de nombres quechuas que significa «gran jefe guerrero de la lanza de obsidiana», el personaje que con una «inocentada» desató un caos nacional y la llevó a la cárcel.“Un 28 de diciembre, hicimos una broma en la que le decían a Toqui que el dinero del petróleo sería para los pobres y que Velasco Ibarra, el presidente ecuatoriano en ese momento, iba a ‘salvar’ el país y declararse dictador.Nadie escuchó la parte en la que se desmentía todo y se generó una confusión enorme que provocó hasta alzamientos de militares. Mandaron a parar el programa y creyeron que la llamada era otra inocentada.El ejército rodeó el canal y nos llevaron presos a todos, excepto uno que tuvo un ataque de asma. Luego, cuando le preguntaban a Toqui del tema, su gesto de silencio provocaba risa”.Hasta el esclarecimiento de la situación, guardó prisión en un país en el que los cubanos carecían de embajada.“Cuando me di cuenta que las personas tomaban en serio lo que decía Toqui, decidí dejar un mensaje que valiera la pena”.Así comenzaron las aventuras del niño que viajaba en el tiempo con una mariposa e, inicialmente, entraba a Cuba a través de terceros países y sin ninguna retribución comercial para su creadora.Ana María, más allá de ToquiAdemás de traer al mundo a Toqui, Ana María dio a luz a otros tres hijos:a María Antonia que la bautiza así por la dueña de la casa donde el Che conoció a Fidel Castro Ruz; Alejandro, por el segundo nombre de Fidel; y a Andrea Vanesa.A pesar del éxito de su personaje infantil , Ana María enfrentó a los que intentaron desplazarla en la dirección de su propia obra. “La naturaleza dotó a la mujer de la habilidad de hacer muchas cosas a la vez y ese poder, asusta a los hombres”.Los prejuicios no le impidieron participar en debates de política y economía, limitados a los hombres en las reuniones sociales de Ecuador, adentrarse en el mundo de la publicidad o liderar un restaurante y un hotel que sustentaron sus años en la nación suramericana.Sin embargo, el regreso a su Cienfuegos natal resultó ineludible para quien describe el arte y el mar como combustibles de vida.“Los negocios no me gustan, por lo que decidí emplear ese dinero en la reconstrucción de esta casa. Al inicio no se le podían hacer grandes modificaciones por su valor patrimonial, pero tras un fenómeno natural que la destruyó completamente obtuve el permiso para restaurarla a mi gusto. Yo diseñé los planos y dirigí la obra”.Ese talento para la arquitectura proviene de un sueño de juventud. “Quería ser arquitecta, pero en esa época la carrera no se estudiaba en Santa Clara, donde viví un tiempo, y mi mamá no me dejó ir para La Habana hasta que terminara Pedagogía.Para matar el aburrimiento, matriculé también en Ingeniería Química y me vinculé con los grupos de artistas aficionados de la universidad”.Tras graduarse de estas profesiones, Ana María cumplió su meta de arribar a la capital, pero la arquitectura quedó a un lado cuando la oportunidad de formarse en el primer grupo de instructores de arte la encaminó a su verdadera vocación.“El teatro me fascina desde pequeña. Adoro la actuación, pero el destino se empeñó en que hiciera de todo un poco”, afirma mientras muestra algunos capítulos de una serie del Icaic que tiene en proceso y las primeras páginas de sus memorias de infancia.Su sed de aprender cosas nuevas no le permite rendirse al ocio. La prueba está en los reconocimientos de cinta negra en karate que adornan las paredes y su activa disposición para el deporte, anestesia ante las secuelas de un accidente de tránsito que casi le arrebata la movilidad.La agricultura también forma parte de su rutina diaria. “Produzco casi todos los alimentos que consumo”, revela mientras ofrece consejos para prescindir de fertilizantes artificiales y con la agilidad de una veinteañera echa a andar el sistema que le permite oxigenar el agua de una de sus incorporaciones al amplio terreno, un lago.Desde una de las varias hamacas que engalanan sus terrazas y le permiten disfrutar de las que considera las mejores puestas de sol del mundo, Ana María afirma no querer ser recordada.“Quiero que recuerden a Toqui, las cosas que escribo, que vean esta casa y, si dentro de unos años se cae, culpen a la boba que la construyó. Yo soy un instrumento nada más, lo importante es la obra que queda”.Para ella el secreto de la eterna juventud está en evolucionar y no perder el tiempo contabilizándolo. Prefiere compartirlo con cada ser humano que toca a su puerta, atraído por los tesoros de sus viajes, sus variadas aficiones o simplemente porque, como Toqui, quiere ser su amigo.