Penitencia y cronómetro

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Sevilla vuelve cada primavera a encontrarse con siglos de historia y fe en torno a su Semana Santa. Ver crecer las nóminas de nuestras hermandades podría interpretarse como un síntoma de salud inmejorable para la ciudad. Sin embargo, tras el antifaz, muchos cofrades empezamos a percibir que el sentido espiritual de la estación de penitencia corre el riesgo de diluirse bajo el peso de los números. Quienes salimos de nazarenos sabemos que hoy la experiencia dista mucho del recogimiento que se pretende: las apreturas, la tiranía del cronómetro y la presión constante por cumplir horarios han convertido el camino a la catedral en una suerte de carrera de obstáculos. El nazareno ya no camina en oración; camina pendiente de no tropezar con el de delante o de no retrasar un cortejo que parece medirse en segundos. La estación de penitencia termina pareciéndose más a un maratón que a un acto de fe. A ello se suma un fenómeno inquietante: el crecimiento cuantitativo no siempre va acompañado de una verdadera formación. Para algunos, el hábito se vive como una tradición social o una experiencia puntual, olvidando que la túnica representa siglos de compromiso cristiano. Si la participación aumenta pero el sentido se vacía, corremos el riesgo de convertir una manifestación profundamente espiritual en un evento meramente estético. Sevilla cuenta con un patrimonio cofrade extraordinario y con medios de comunicación capaces de explicarlo y transmitirlo. Quizá ha llegado el momento de aprovecharlos para recordar que la grandeza de nuestra Semana Santa no reside en la longitud de los cortejos, sino en ese silencio interior que durante siglos la ha sostenido. No permitamos que las prisas apaguen lo que verdaderamente ocurre dentro del capirote. José David García Román. Sevilla El Parlamento portugués ha aprobado una reforma que dificulta la obtención del pasaporte y que permite retirar la nacionalidad ante determinados delitos. Mientras en Lisboa se legisla con la mirada puesta en la preservación del Estado de derecho, en nuestro país la nacionalidad parece haberse convertido en un bien de consumo 'low cost'. Frente a la seriedad lusa, el Gobierno de España insiste en una política de manga ancha que profundiza en la devaluación de la ciudadanía. No estamos ante una estrategia de integración, sino de ingeniería demográfica y electoral. Cuando la ciudadanía deja de ser un compromiso de lealtad a unos valores y leyes para transformarse en un trámite exprés el contrato social se quiebra y la seguridad jurídica se resiente. Un país serio protege su nacionalidad. El rigor de Portugal es el camino para garantizar la cohesión social y la seguridad jurídica. España no puede permitirse seguir devaluando su ciudadanía. Es hora de mirar a nuestro vecino y recordar que la nacionalidad es el mayor honor que un Estado concede, no una moneda de cambio para comprar voluntades. Luis B. Hurtado de Mendoza. Madrid