Se sentía aún en carne viva el corazón del Viernes Santo, de ese día en que la muerte parece haber vencido y la resurrección todavía no ha llegado. Flotaban las sombras de los nazarenos por las calles empedradas de Málaga, de ese silencio tallado en mármol negro. El olor a cera caliente se enredaba con el del salitre del mar. La madrugada más larga de la Soledad, con sus lágrimas de cristal tras el Cristo yacente, se alejó cuando el sol comenzó a acariciar las gradas de la Malagueta, pero una sombra oscura permanecía. Había muerto el torero Ricardo Ortiz: un toro lo había matado en los corrales. Un toque de oración acompañó al minuto de silencio en la plaza... Ver Más