Ucrania y la Administración Trump: la guerra como prueba del liderazgo estadounidense

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Se han cumplido cuatro años desde la invasión rusa de Ucrania, consolidándose como el mayor conflicto convencional en Europa desde 1945. Pero también se ha convertido en un punto de inflexión estructural en el sistema internacional, poniendo en marcha dinámicas globales que ya no se pueden revertir fácilmente. Y para Estados Unidos (EEUU) ha sido un test sobre su músculo industrial, su credibilidad estratégica y de su cohesión política.Ucrania no sólo examina la resistencia de un país invadido, sino que pone a prueba la capacidad de EEUU para ejercer poder en un mundo donde ese poder ya no es ilimitado.Músculo industrialNo basta con drones, satélites o inteligencia artificial. Las guerras largas siguen requiriendo munición, industria, logística, reservas, posibilidades de producción. Y aquí, Ucrania ha puesto de manifiesto que la superpotencia no sólo se mide por su capacidad de proyectar fuerza, sino por su competencia para sostener un esfuerzo militar prolongado frente a un adversario comparable. Washington no es ajeno a las guerras largas –Irak y Afganistán fueron conflictos extensos y costosos–, pero su desgaste fue distinto: predominó la contrainsurgencia, con superioridad aérea total y un consumo relativamente limitado de munición pesada. Ucrania ha devuelto al centro la lógica de la guerra industrial: artillería masiva, defensa aérea, reposición constante de stocks y una presión sostenida sobre la base industrial de defensa. Y esto ha sido un shock conceptual para parte del aparato estratégico de EEUU, que durante dos décadas priorizó conflictos de baja intensidad y tecnologías de precisión frente a la producción masiva.El conflicto ha obligado, por tanto, a replantear el papel de la base industrial de defensa, ha devuelto al centro del debate la idea de “capacidad industrial” como una variable estratégica. En otras palabras: hoy, la disuasión no es sólo militar, también es industrial.Credibilidad estratégicaLa guerra ha planteado un dilema enorme para el Pentágono: cómo sostener el apoyo a Ucrania sin comprometer la prioridad estratégica número uno a largo plazo, que es la competencia con China en el Indo-Pacífico. También ha abierto un debate más profundo sobre si EEUU puede gestionar simultáneamente dos teatros estratégicos de gran escala, en Europa y Asia. Por un lado, Ucrania ha permitido reforzar la coordinación con aliados europeos y probar capacidades en un entorno real, algo nada desdeñable para el Pentágono. Estos dilemas se han traducido en presupuestos, en prioridades de adquisiciones y en debates doctrinales.Cohesión políticaUcrania no sólo es un desafío externo, es también un problema político interno. Y ahí entra en juego de forma clara la Administración Trump.Bajo la presidencia de Joe Biden, la guerra se presentó como una defensa del orden internacional liberal, de la soberanía de Ucrania y de la seguridad europea. Con Donald Trump, el marco ha cambiado de manera muy significativa. El conflicto tiende a interpretarse menos como una lucha de principios y más como una cuestión de costes y beneficios. La pregunta no es “qué significa Ucrania para el orden internacional”, sino “cuánto cuesta Ucrania”, “qué gana EEUU” y “por qué Europa no está asumiendo más carga”. Ucrania se ha convertido así en un símbolo de lo que Trump critica: guerras interminables, un gasto prolongado y beneficios poco visibles para el votante estadounidense.Los conflictos, además, tiene un componente inevitable de desgaste político. No es sólo una cuestión de enviar armas o aprobar paquetes de ayuda, sino que debe de haber un sostén social y parlamentario durante años. Y ahí EEUU ha demostrado ser vulnerable.En el Congreso, lo que al principio parecía un consenso bipartidista sobre la ayuda a Ucrania, comenzó a erosionarse en 2022, cuando un gran paquete de ayuda de 40.000 millones de dólares encontró una oposición significativa entre republicanos de la Cámara. A lo largo de 2022 y 2023, figuras como el senador Rand Paul reforzaron el argumento de que el respaldo debía ir acompañado de mecanismos estrictos de auditoría y supervisión, alimentando el discurso sobre corrupción y falta de control por parte del gobierno ucraniano. El punto de inflexión llegó en otoño de 2023 cuando la ayuda a Ucrania quedó prácticamente paralizada en la Cámara y empezó a vincularse de manera explícita con la política doméstica, especialmente con el control migratorio en la frontera sur.Esta dinámica se consolidó definitivamente en 2025 con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, evitando solicitar nuevos paquetes de ayuda al Congreso y reorientando la asistencia hacia mecanismos más condicionados.La ayuda exterior dejó, por tanto, de ser un asunto de consenso para convertirse en un instrumento de negociación interna y de polarización partidista, dependiendo más del equilibrio de fuerzas internas en Washington que de las necesidades o decisiones del Pentágono o del Departamento de Estado.Mientras tanto, la opinión pública estadounidense ha evolucionado. El apoyo inicial a Ucrania fue fuerte, pero con el paso del tiempo se ha vuelto un apoyo más condicionado sobre todo en 2024 y 2025. Parte del electorado percibe el conflicto como lejano, costoso y sin una victoria clara y conecta con un sentimiento más amplio de la fatiga. Esto no significa necesariamente simpatía hacia Rusia, sino rechazo a compromisos prolongados sin resultados claros.No obstante, persiste una mayoría favorable a mantener algún tipo de apoyo a Ucrania, aunque el respaldo ya no es tan automático ni tan entusiasta como al inicio y predomina un fuerte pesimismo sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo de paz duradero. Pero también es un apoyo que se ha vuelto menos ideológico y más pragmático. De ahí que, durante 2025, varios sondeos indicaron que el apoyo de republicanos a la ayuda militar aumentó significativamente (del 44% al 59% según una encuesta del Ronald Reagan Institute), lo que redujo algo la división partidista.En el Partido Demócrata, el apoyo a Ucrania sigue siendo mayoritario, pero también se perciben tensiones. El establishment demócrata defiende el conflicto como una inversión estratégica, porque frenar a Rusia hoy es evitar un escenario peor mañana. Sin embargo, sectores progresistas cuestionan el gasto militar y presionan para priorizar agendas domésticas. Además, el partido se enfrenta a la dificultad de defender el apoyo a Ucrania sin parecer “el partido de la guerra”.Cambios en el enfoque (2025)Las dinámicas y consecuencias que la guerra ha tenido en EEUU han llevado a la nueva Administración a apostar por una serie de cambios:Llevar el conflicto hacia una negociación de pazDesde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Donald Trump ha intentado en varias ocasiones impulsar un proceso de negociación para poner fin a la guerra en Ucrania. Los primeros contactos indirectos, en primavera y verano de 2025, no produjeron avances sustantivos.Desde noviembre se observa un impulso renovado hacia negociaciones, con EEUU desempeñando un papel mucho más visible en los intentos de encauzar un acuerdo. Trump y su equipo han promovido varias rondas de contactos, incluidas reuniones trilaterales en Abu Dhabi y una última ronda en Ginebra en febrero de 2026, sin avances concretos, aunque las partes sí discutieron aspectos técnicos de un alto el fuego y acordaron continuar el diálogo. En 2026, la dinámica de estas conversaciones ha mostrado que, además de los desacuerdos profundamente arraigados entre Ucrania y Rusia sobre cuestiones territoriales y de seguridad, la falta de una posición estadounidense claramente unificada ha complicado el proceso.Una fuente constante de tensión ha sido la coexistencia y rivalidad implícita entre dos enfoques dentro del equipo de negociación estadounidense. Por un lado, figuras como Steve Witkoff continúan impulsando una aproximación más transaccional y orientada a resultados rápidos, priorizando un alto el fuego funcional, aunque implique concesiones difíciles. Por otro lado, líderes con una visión más institucional y estratégica, como el secretario de Estado Marco Rubio, han abogado por marcos de seguridad más amplios y garantías vinculantes para Ucrania que no comprometan la credibilidad de EEUU a largo plazo. Esta tensión interna se ha reflejado en las declaraciones y en la percepción de aliados y contrapartes, afectando la coherencia del mensaje estadounidense en Ginebra y en otras mesas de negociación.Este esfuerzo diplomático de EEUU refleja un intento de pasar de la lógica de apoyo militar sostenido a una lógica de “cierre político” del conflicto, un cierre que no implica premiar a Rusia, sino recalibrar la posición global estadounidense. En sectores del entorno Trump, y también en sectores realistas fuera de él, se consolida la idea de que cuanto más se prolonga la guerra, más dependiente se vuelve Rusia de China en energía, financiación, tecnología, mercados y respaldo diplomático. Y cuanto más aislada esté Rusia de Europa y de Occidente, más irreversible será ese giro hacia Pekín. En consecuencia, el conflicto estará contribuyendo a consolidar un bloque geopolítico Rusia-China-Irán (y en ciertos ámbitos Corea del Norte), que complica mucho más la posición global de EEUU.Desde esa lógica, terminar la guerra responde a una priorización de la posición global estadounidense.Transformación de la ayudaDe ser el primer donante individual, habiendo comprometido hasta principios de 2025 entre 130.000 y 185.000 millones de dólares, EEUU ha decidido reducir drásticamente la ayuda directa. Con Donald Trump, no se han vuelto a solicitar nuevos paquetes de ayuda al Congreso –a diferencia de Joe Biden que recurrió a ello al menos en cuatro ocasiones– aunque a lo largo de 2025 se ha continuado entregando el material que ya estaba comprometido.Se ha dejado de liderar el Ukraine Defence Contact Group, el mecanismo multilateral que ha coordinado el apoyo militar a Ucrania desde 2022, con el Reino Unido y Alemania asumiendo la presidencia del grupo. EEUU sigue participando, pero la presidencia y la coordinación operativase han desplazado hacia esos países europeos. Esto marca una transición significativa, de un papel estadounidense predominante en la provisión directa y coordinación de armas y fondos, a una función más delegada en la que la coalición de aliados europea asume mayor responsabilidad.A ello se une que, en julio de 2025, la Administración anunció un nuevo paquete de asistencia conocido como la Prioritised Ukraine Requirements List (PURL), un mecanismo conjunto con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para coordinar la adquisición de equipos críticos de defensa para Ucrania. Este mecanismo implica que la financiación la aportan aliados de la OTAN y otros países que participan voluntariamente en el programa, mientras que EEUU proporciona o suministra el equipamiento que los aliados han comprado con esos fondos. En muchos casos, parte del material se utiliza para “backfilling”, es decir, sustituir el equipo que los países aliados envían a Ucrania para mantener sus propias capacidades de defensa.La PURL representa un modelo en el que la carga del apoyo militar se comparte y coordina a nivel de coalición, con financiación aliada y entrega material desde fuentes estadounidenses, marcando así una transición hacia un papel más delegado y orientado a alianzas que a un esquema de asistencia bilateral directa.Industria y reindustrializaciónLos proyectiles de 155 mm se han convertido en símbolo de las limitaciones –y de la transformación– de la base industrial de defensa estadounidense. La guerra evidenció que la producción previa era insuficiente para sostener un conflicto de alta intensidad.En 2025 se inauguraron nuevas instalaciones en Camden (Arkansas) para incrementar la capacidad mensual de producción, dentro de un plan más amplio para multiplicar el ritmo previo a la guerra. Paralelamente, el Future Artillery Complex en Iowa busca no sólo aumentar el volumen, sino modernizar y automatizar procesos para garantizar una capacidad sostenida en el tiempo.La defensa aérea ha experimentado un giro similar. Tras la gran demanda de sistemas Patrioty de interceptores PAC-3 MSE, en 2025 se produjeron más de 600 interceptores y en 2026 se anunció el objetivo de triplicar la capacidad anual hasta aproximadamente 2.000 unidades hacia finales de la década.Todas estas inversiones tienen también consecuencias políticas internas. Estados como Arkansas, Iowa, Texas e Indiana se han consolidado como nodos de reindustrialización militar. La guerra puede dividir a Washington, pero la expansión de la industria de defensa está siendo respaldada por muchos legisladores que han podido criticar en algún momento la ayuda directa a Ucrania porque ven los beneficios para sus distritos.Además, la guerra ha acelerado una transición hacia fórmulas de coproducción y base industrial aliada. EEUU ya no concibe su industria de defensa exclusivamente en términos nacionales, sino como parte de una red más distribuida, en la que aliados europeos y otros socios participan en la financiación y, progresivamente, en la producción, prioridad claramente reflejada por el Departamento de Defensa en su Estrategia de Defensa Nacional de 2026.Minerales críticosOtro elemento clave del giro estadounidense en 2025 ha sido el intento de complementar la ayuda militar tradicional con instrumentos económicos. En ese contexto se enmarca el acuerdo entre EEUU y Ucrania sobre minerales críticos, presentado por Washington como un pilar para facilitar ingresos futuros para la reconstrucción de Ucrania y, al mismo tiempo, como un mecanismo para reforzar la posición estadounidense en la competencia global por recursos esenciales, en particular, la dependencia de China en minerales estratégicos clave para la industria tecnológica y la defensa. En términos políticos, el acuerdo encaja muy bien con la visión de la Administración Trump de buscar un compromiso con Ucrania que sea más rentable, más medible y más justificable ante la opinión pública estadounidense.El acuerdo, se estructura alrededor de un fondo de inversión conjunto –el United States-Ukraine Reconstruction Investment Fund– diseñado para atraer capital estadounidense e internacional hacia proyectos de exploración, extracción y desarrollo de recursos naturales ucranianos, incluyendo minerales críticos, pero también recursos energéticos. Sin embargo, tiene límites importantes, como obstáculos técnicos y de aplicación. No se disponen de datos plenamente actualizados y fiables sobre el volumen real de reservas minerales y parte de los yacimientos se encuentran en zonas afectadas directamente por la guerra o incluso bajo ocupación rusa.La iniciativa también pone de manifiesto un problema de fondo como es la tentación de sustituir las garantías de seguridad militar por un tipo de disuasión económica. En otras palabras, presentar el acuerdo como una forma de “blindar” Ucrania a través de la inversión y el interés económico occidental. Esta lógica puede ser atractiva políticamente, pero es estratégicamente insuficiente porque las inversiones económicas o los vínculos comerciales no han detenido en el pasado la agresión militar cuando el adversario ha operado bajo una lógica geopolítica y territorial.ConclusionesUcrania se ha convertido en una prueba para el poder estadounidense. Ha expuesto que su liderazgo depende tanto de la capacidad industrial y la cohesión política interna como de su credibilidad estratégica, algo que durante años quedó difuminado por guerras asimétricas y superioridad tecnológica.La Administración Trump no ha retirado a EEUU del escenario, pero sí ha redefinido la lógica de su implicación. Menos basada en principios y valores, y más cálculo de costes y beneficios; menos compromiso abierto y más condicionalidad; menos centralidad europea y mayor priorización frente a China. Ese desplazamiento supone una transición desde una hegemonía entendida como provisión de orden hacia otra basada en la gestión selectiva del poder y de los límites, tal y como se intuye en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025.El desenlace de esta larga guerra pondrá a prueba si EEUU es capaz de adaptar su liderazgo a un entorno más competitivo y fragmentado sin erosionar la credibilidad que lo ha sostenido durante décadas. Ucrania no sólo examina la resistencia de un país invadido, sino que pone a prueba la capacidad de EEUU para ejercer poder en un mundo donde ese poder ya no es ilimitado.Autor: Carlota García EncinaLa entrada Ucrania y la Administración Trump: la guerra como prueba del liderazgo estadounidense se publicó primero en Real Instituto Elcano.