La advertencia del Papa Leo XIV sobre ChatGPT en la homilía: dónde traza la línea el Vaticano con la inteligencia artificial

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En un encuentro reservado con clérigos de la diócesis de Roma, el Papa Leo XIV lanzó una petición poco habitual por lo concreta: resistir la tentación de preparar las homilías con inteligencia artificial, en particular con herramientas tipo ChatGPT. La frase, recogida por Vatican News y difundida por varios medios, no suena a condena tecnológica genérica, sino a una llamada práctica de oficio: si la tarea pastoral incluye pensar, estudiar y elegir palabras para una comunidad real, delegarlo en una máquina puede terminar debilitando el músculo que lo hace posible.El Papa lo explicó con una metáfora corporal que cualquiera entiende: como los músculos, la mente se atrofia cuando no se usa. Aplicado a la predicación, el mensaje es directo: si el sacerdote deja de ejercitar su propia reflexión para convertirla en “texto generado”, pierde algo más que tiempo; pierde habilidad y, con ella, parte del sentido de su papel.La homilía como acto humano: por qué un chatbot no “sustituye”La línea que propone Leo XIV no es “IA sí/IA no” en abstracto. Es una distinción sobre lo que se considera insustituible. Según lo recogido en esas crónicas, el Papa defendió que “dar una homilía es compartir la fe” y que la IA “nunca podrá compartir la fe”. Más allá de la formulación teológica, la idea es comprensible incluso fuera del ámbito religioso: una homilía no es un folleto informativo ni un resumen de ideas; es un acto de comunicación situado, con intención, responsabilidad y vínculo.Un generador de texto puede hilvanar citas, estructurar argumentos y sonar convincente, del mismo modo que un contestador automático puede sonar amable. El problema aparece cuando confundimos fluidez con presencia. Es como recibir un mensaje de cumpleaños perfectamente redactado… y descubrir que lo envió un sistema programado. Las palabras están, el calor humano se diluye. En el terreno pastoral, ese matiz pesa más: la comunidad no solo “consume” un contenido, busca acompañamiento, coherencia y una voz que conozca su realidad concreta.También hay un aspecto de responsabilidad. Si una homilía incluye una afirmación errónea, una referencia inventada o una interpretación desafortunada, la rendición de cuentas no puede recaer en “la herramienta”. El sacerdote, como cualquier profesional que comunica en público, responde por lo que dice, no por lo que pretendía decir.Ejercitar la inteligencia: el trabajo invisible detrás de un sermónLa advertencia del Papa toca un nervio sensible de esta época: la seducción de la facilidad. La IA promete ahorrar tiempo, eliminar el bloqueo en la página en blanco y ofrecer un texto “correcto” en segundos. El riesgo es que lo “correcto” se vuelva “genérico”. Una homilía escrita a medida suele tener costuras invisibles: la conversación con una familia en duelo, el problema de desempleo que atraviesa el barrio, el tono que necesita una parroquia cansada o una comunidad celebrando algo. Eso no se extrae de internet como quien busca una receta.Hay otro punto menos obvio: el estudio y la preparación no solo sirven para producir un resultado final. Funcionan como entrenamiento continuo. Igual que usar siempre el ascensor puede hacernos olvidar lo que es subir escaleras sin jadear, delegar el pensamiento en una IA puede erosionar, poco a poco, la capacidad de leer un texto complejo, discernir una idea, construir una argumentación propia y sostenerla con calma.TikTok, “likes” y la ilusión de la conexión espiritualEn ese mismo diálogo, Leo XIV advirtió contra la confusión entre redes sociales y vida real, señalando la “ilusión” de tratar seguidores y “likes” como conexión espiritual auténtica, con menciones explícitas a TikTok en algunas coberturas. El mensaje no demoniza la comunicación digital; cuestiona la métrica como sustituto de la relación. Una comunidad no es un contador. Un vínculo pastoral no se mide como el alcance de una publicación.Aquí la comparación cotidiana funciona bien: mirar el marcador de un partido no es lo mismo que jugar. En redes, el marcador está siempre visible y tienta a optimizarlo. En la vida comunitaria, el “éxito” suele ser silencioso: alguien que se reconcilia, una visita a un enfermo, una conversación que evita una ruptura. Nada de eso se traduce necesariamente en interacción digital.La aparente contradicción: el Vaticano sí usa IA para traducir misasEl debate se vuelve más interesante porque, casi al mismo tiempo, el Vaticano anunció el despliegue de un sistema de traducción simultánea asistido por IA para seguir celebraciones en hasta 60 idiomas en la basílica de San Pedro, pensado para ayudar a fieles de todo el mundo a comprender la liturgia en tiempo real. Algunas informaciones describen la iniciativa como una herramienta para seguir el rito desde dispositivos personales, fruto de colaboraciones tecnológicas externas.A primera vista, suena incoherente: “no a la IA en la homilía”, “sí a la IA en la traducción”. En realidad, la frontera que se dibuja es distinta. Traducir es trasladar un contenido que ya existe a otro idioma con la mayor fidelidad posible; predicar es interpretar, elegir énfasis, aplicar el mensaje a un contexto humano específico. Una traducción automática puede compararse con unos subtítulos: pueden ser buenos o malos, pero su función es facilitar acceso. La homilía se parece más a una conversación cara a cara: no basta con que “suene bien”, tiene que ser verdadera para quien habla y significativa para quien escucha.Esta distinción tiene un eco histórico. La Iglesia lleva siglos tensionando el equilibrio entre tradición y comprensibilidad, y la traducción a lenguas vernáculas ha sido una pieza central de esa discusión, con disputas intensas en distintas épocas. El uso de IA como mediador lingüístico se presenta, en ese sentido, como continuidad tecnológica de un objetivo antiguo: que el mensaje sea entendible para más personas, sin tocar el núcleo del acto humano de la predicación.Qué revela este episodio sobre la ética de la IA en profesiones “de trato”Lo que está en juego no es solo la doctrina, sino una pregunta amplia: ¿en qué trabajos la IA generativa es una calculadora útil y en cuáles se convierte en un atajo que vacía el sentido? En profesiones basadas en relación, confianza y juicio contextual —docencia, terapia, liderazgo comunitario— el texto final importa, pero importa igual el proceso y la responsabilidad.También aparece el tema de la dependencia. Si una comunidad percibe que su guía espiritual “terceriza” su voz en un sistema automático, puede sentir lo mismo que un paciente al descubrir que su médico le responde con frases copiadas y pegadas: aunque algunas recomendaciones sean correctas, la confianza se resiente. No es un rechazo irracional a la tecnología; es una señal de que ciertas funciones se sostienen sobre la autenticidad percibida.Usos prudentes: cuando la IA ayuda sin reemplazar la vozLa postura que se desprende de estas informaciones no obliga a imaginar parroquias “analógicas” por decreto. Más bien sugiere un criterio: usar inteligencia artificial para ampliar capacidades sin suplantar el acto personal. Un sacerdote podría apoyarse en herramientas digitales para tareas auxiliares —organizar notas, explorar traducciones, localizar referencias— del mismo modo que cualquiera usa un corrector ortográfico sin por ello delegar su carta de amor. La diferencia está en quién piensa el mensaje y quién asume su peso.Al final, la advertencia del Papa Leo XIV funciona como un recordatorio cultural: la IA puede producir textos; lo difícil es producir sentido compartido. Y en una institución que convive con cambios tecnológicos desde hace siglos, no deja de ser significativo que la línea roja se coloque precisamente donde el vínculo humano es el centro.La noticia La advertencia del Papa Leo XIV sobre ChatGPT en la homilía: dónde traza la línea el Vaticano con la inteligencia artificial fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.