Su risa casi cristalizó en carcajada y mis mejillas se tornaron puro fuego ante el bochorno fruto de la humillación. En efecto, niño conocedor de los rigores de la posguerra, mi padre ni era propenso a la risa ni, mucho menos, a la carcajada. Pero ahí estaba, frente a mí, al borde del tronchamiento total, observándome como quien mira a una suerte de vulgar arácnido que le ha provocado cosquillas en la planta del pie. Y todo porque se me ocurrió pedirle dinero extra para ir a una discoteca … Claro que, me lo explicó clarito: «En esta casa no vamos a pagarte los vicios». Fin de la discusión. Asumí el descalabro con jeta de perdedor rabioso. En el fondo,... Ver Más