En los muros adoquinados de Flandes, esencia pura del ciclismo que lo tiene todo para disfrutar, Mathieu van der Poel da un espectáculo total y consigue la victoria en su estreno de la temporada. Es el show del fenómeno holandés con la bici de carretera después de haber completado un invierno pletórico como campeón del ciclocross, barro, arena, frío, y su segundo título en la Copa del Mundo. Desde que llegó esta generación refrescante de prodigios al pelotón, el ciclismo vive una segunda o tercera juventud con Van der Poel, Pogacar, Remco Evenepoel o Wout van Aert, cada uno en su dimensión después de irrumpir como bisontes en un deporte que se habían anclado en el aburrimiento. Van der Poel es el Pogacar de las clásicas, un número uno que convierte lo que en apariencia es la máxima dificultad en un ejercicio fácil, dulce, acompasado. Es un ciclista que fue directo a la grandeza desde su aparición con 24 años- Tiene ahora 31 y lleva siete al pleno rendimiento estelar. En la Omloop, antigua Het Volk propiedad del periódico belga, deslizó su talento por las carreteras húmedas de Flandes, los cielos grises que amenazan lluvia, el público entendido que no distingue nacionalidades sino esfuerzo y voluntad de los corredores. La Omloop es un Tour de Flandes en miniatura, sin el pedigrí de la clásica centenaria, que recorre los puntos icónicos: el Muro de Grammont y sus 475 metros hasta la alcanzar la capilla, el desnivel de 93 metros empedrado de duro adoquín con pendiente media del 9,3 por ciento y máxima rampa al 19 por ciento. El Bosberg, el camino infernal que lleva a la cima pavimentado con hormigón en la parte baja y adoquinado en la empinada parte superior. A la prueba se apunta Van der Poel a última hora. Y se borra de forma sorpresiva Van Aert, su eterno rival, demasiadas derrotas ante el holandés. Es un recorrido que le viene de perlas al líder de Alpecin, que genera tensión en el pelotón cuando persigue el ataque de Florian Vermeersch en el Molenberg. Es la llamada a capítulo, movimiento de tierras porque Van der Poel no mira para atrás, siempre da la cara, se traga el viento al mando del pequeño grupo y no especula. Faltan 45 kilómetros pero el corte definitivo está hecho. Queda la duda de si será demasiado temprano para una exhibición de Van der Poel, que ha reunido un pleno de victorias en la Copa del Mundo y apenas ha tenido descanso en el invierno. Pero se disipan las incógnitas cuando el holandés acelera en el Muro de Grammont junto a Vermeersch y Van Dijke, sus compañeros de fuga. Los dos perseguidores giran los hombros, dan chepazos a la bici, se retuercen sobre los adoquines de la colina... Van der Poel fluye, avanza como si no hubiera desniveles, línea recta, sin aspavientos. Así construye su triunfo en la meta, el primero de su vida en esta carrera que se fundó en 1945 y celebra su 81 edición. Otra pieza para añadir a su colección de un campeonato del Mundo, tres Tour de Flandes, tres París-Roubaix, dos Milán-San Remo y una Strade Bianche.